martes, 27 de febrero de 2018

AQUELLA FOTO EN BLANCO Y NEGRO....



Como fantasmas que regresan del pasado, sombras borrosas proyectadas sobre una pared encalada de recuerdos, me asalta a traición y sin darme respiro la imagen fugaz y tímida, que duele intensamente, de un grupo de niños en pantalón corto y guantes de lana preñados de agujeros, jugando a las "bolas", cualquier tarde a la salida del colegio, en los jardines pintados de escarcha del Triunfo, mientras sus risas, sus voces y empujones se entremezclan con el murmullo acompasado del agua de la fuente y las canciones de las niñas que saltan a la comba y cantan ;





Botella de vino de Jerez de la Frontera
Botella de vino de Jerez
Botella de vino
Botella....

Y mientras repito y repito, en mágica letanía  cada palabra, acompañado por el silencio acompasado de mis solitarios pensamientos, regreso a aquellos días felices que se me escaparon para siempre, convertido en un niño grande con cada golpe de cuerda sobre el suelo empedrado de pasado, y me descubro nuevamente bajo los muros dorados de aquella Granada que perdí hace ya tanto tiempo que no la siento como herida, pero que duele y sangra, y sigo buscando desde entonces entre mis sueños y fantasías olvidadas, como una vieja foto en blanco y negro que lentamente se borra .   

(Las fotos las he tomado de imagenes e instantaneas que circulan por la red, siento no poder indicar autoria, porque no lo se, pero me han encantado, y llenado de recuerdos).

sábado, 24 de febrero de 2018

AGRA DE LOS EMPERADORES. (INDIA 3ª PARTE)


AGRA.- 25 DE ENERO 2018
Visitar Agra, es reafirmarse en el convencimiento de que la justicia social es una quimera, un cuento chino, una batalla perdida de ilusos y soñadores que en los albores del siglo XVIII, lucharon y dieron su vida en ocasiones, por un mundo mejor, más justo y solidario, en donde los "Parias de la tierra", tuvieron tal vez una oportunidad y un futuro.

Fueron tiempos de revolución industrial, en los que la mano de obra era abundante, y el hombre no valía nada, incluso menos que las bestias, y en los que las clases sociales se dividían en ricos y pobres, dueños y señores de haciendas y esclavos analfabetos, amos y siervos.

Tiempos de Marx y su manifiesto, de Engel, de Bakunin y su sueño de anarquismo colectividades libertarias y mundos felices, como el que años mas tarde diseñaria aquel visionario Ingles de nombre impronunciable; Huxley.

En aquellos tiempos y casi dos siglos ya antes, en la India profunda, se levantaban fastuosas fortalezas en piedra roja, y tributos al amor en mármol como; El Fuerte Agra, y el Taj Mahal, mientras la vida se les escapaba entre las manos vacías, como el agua putrefacta de los charcos que solo deja llagas purulentas, y cuerpos lacerados atrapados en la lacra ruin de las pestes y los lazaretos de los contaminados, los intocables, los impuros, los leprosos .


En Agra descubrimos y admiramos ambas construcciones fabulosas que constituyen una exuberante e impúdica manifestación de poder y vanidad, de extintos emperadores, considerados Dioses en la tierra, de aquella generación de Mogoles, reencarnaciones divina, como divina debió ser su vida, en medio del lujo, el placer, y el poder sobre cuerpos y almas de sus servidores y súbditos, que ante su majestuoso paso a lomos de elefante que pisaban sobre lujosas alfombras , arrojaban desde los muros defensivos de palacio, pétalos de flores y perfumes, acompañados por el sonido de trompetas, tambores  y laudes, los vítores y aclamaciones de sus siervos y sus cánticos .

Lujo y placer en el que los harenes, en ocasiones compuestos por más de doscientas mujeres, esclavas sexuales que se mataban entre ella por alcanzar el rango de favorita, y disfrutar del honor de pasar la noche con el Maharajá, ocupaba todo un ala del recinto, celosamente guardado por amas, eunucos y feroces guardianes del cuerpo de la guardia personal del emperador, cuidadosamente escogidos y entrenados. Por cierto que algunas, las que creaban más problemas a aquellos reyes absolutistas, podían acabar en el harén personal de alguno de sus más leales servidores y amigos, como un regalo personal, tal era el control y el poder de aquellos emperadores.

Curiosidad aparte que merece mención, es que todo en todo el recinto del Fuerte Agra, se albergaran a más de siete mil mujeres, de varias generaciones, que compartían todo al servicio de aquellos dioses terrenales, de absoluto poder.    


Y todo ello, ante la atenta miserable mirada del pueblo, y sus intocables, los más olvidados, los más miserables, los mas desarrapados y pobres entre los pobres, ni siquiera dignos de ser tocados por otros como ellos pero situados en un peldaño más elevado de la escalera de pobreza, miseria y muerte que compartían.

La ciudad de Agra, es esto y mucho mas, ya que todo se mueve y gira alrededor de lo que fue su historia, bajo la atenta mirada de los monos, expertos ladrones, convidados de piedra que a la mas mínima desde su descarado desparpajo te la pegan robándote lo que sea que llame su atención y codicia,   a pesar de que lo del Taj Mahal, por cierto considerado una de las siete maravillas del mundo, y a fe mía que lo es, sea otra cosa, y te preguntas como alguien pudo mandar construir algo tan indescriptiblemente hermoso, tan profundamente bello, tan cautivador capaz de conmover la sensibilidad del ser mas abyecto sobre la tierra, como un mausoleo, una tumba levantada a la memoria del amor, cuando miles, millones de seres humanos, personas a su alrededor, morían y mueren cada día sin alimento, sin cuidados, sin atención, tirados en cualquier esquina, en un rincón, sobre un jergón sucio en el mejor de los casos, o sobre el asfalto, el polvo y el barro en las calles de esta ciudad.


La respuesta desde luego tienes que buscarla en la razón misma de la India y sus gentes, su historia, su tradición, su sentido de la religiosidad y la espiritualidad, su sistema de castas, su subdesarrollo y el poder y el miedo ejercido por siglos por estos dioses emperadores, humanos que no divinos, dueños del bien y del mal, para los que estos desamparados de turbante, y taparrabos, de saris y vistosas túnicas, sencillamente no existen, y por tanto para ellos no sufren, no sienten ni padecen hambre y enfermedades, soledades, desamparo y temores, porque simplemente no son nada, tal vez en su próxima reencarnación, les toque mejor vida, y tengan buena suerte, quien sabe, tienen hasta nueve oportunidades.

Según cuenta la historia fue el Shah Jahan, al que por cierto parece que le gustaba de mas el vino y las mujeres, fue sin embargo fiel hasta la muerte a su esposa Mumtaz Mahal (La Señora del Taj), y en su memoria mandó construir este tributo al amor; El Taj Mahal, donde por cierto también reposan sus restos, juntos a los de su amada, ya que la traición de su hijo le hizo perder el poder, y permanecer encarcelado sus últimos años de vida, aunque al final en un gesto de magnanimidad permitió que fuera enterrado aquí, junto a ella, todo ello en los albores del año 1631 y durante los 22 años que durarían sus obras acumulando sudor, y sangre de más de veinte mil trabajadores que se afanaron en hacer de este mausoleo la obra más hermosa sobre la tierra .

Las fuentes, jardines y edificios laterales se añadirían algunos años más tarde hasta dejar completa el entorno de la construcción más impresionante que nadie haya imaginado, y todo ello sobre la contemplación de las aguas del río Yamuna. 












El Taj Mahal es una belleza viva, y en su contemplación del mármol blanco, las cúpulas sobre cuya base reposan las tumbas del emperador y su esposa, y las torres conforme pasa el día y el sol besa con sus rayos la piedra, esta va cambiando de color desde el blanco intimo y sagrado, al rosa pálido, desde los sueños suaves del alma al despertarte, hasta el frio esplendor oscuro de las noches invernales cuando su cúpula parece que flota en el firmamento cuajado de puntos de luz brillantes, estrellas temerosas del influjo del Taj Mahal, sobre la luna tímida que no sabe si volverse llena, avergonzada ante tanta belleza inigualable.

En los anales de la historia, como en otras muchas ciudades y lugares de la India, el pasado se pierde en la noche de los tiempos y sus sombras, por falta de documentación escrita  que nos pueda dar cuenta de como fué, por ellos se sabe mas bien poco de su pasado, tan solo que fué conquista musulmana, en los tiempos de esplendor del imperio Persa, que en el año 1501, fuera destruida por un terremoto siendo capital del primero de los herederos de la generación de emperadores Mogoles y que durante cien años, llegó a ser una ciudad importante y bella, con hermosos jardines y palacios entre ellos el de Fatehpur Sikri, la ciudad deshabitada, otra de sus maravillas, y que abandonaron durante un largo periodo de sequia extrema, que acabó con manantiales y fuentes.


Según cuenta la leyenda fue el Maraha Akbar quien a su regreso victorioso de la guerra contra su enemigo Gujarat, se detuvo en la ciudad de Sikri para rezar en gratitud al santo Sufi por su triunfo, y pedirle un hijo, ya que hasta el momento sus esposas no le habían podido dar el ansiado heredero. Conmovido el santo sacrificó a su propio hijo de tan solo seis meses de edad, y llamado Dale Miyan, y el esíiritu de este dió vida al vientre de su esposa la emperatriz Jodha Bai, que quedò en cinta del que sería el heredero del imperio años mas tarde, al igual de otras dos mas de sus concubinas y esposas, no favoritas.
El milagro hizo que el emperador mandara construir la ciudad de Fatehpur Sikri, en honor y gratitud al santo Sufi, en el correr del año 1569.   

Sea verdad, o entre dentro del campo de las leyendas y cuentos, la ciudad abandonada, desde luego llama nuestra atención por su solemnidad, sus edificaciones majestuosas y un perfecto urbanismo con calles, jardines y estanques que hacen la visita una delicia para los sentidos del curioso e impertinente viajero, que se deja poseer del espíritu de esta India sobrenatural de dioses, reencarnaciones, santos y santones, mitología, historia y Dioses emperadores.


Entre tanto en Agra se conjuga el verbo vivir a duras penas, el eterno sueño del amor de un Maharajá convertido en una de las siete maravillas del mundo, el arrullo de las piedras y el recuerdo de las voces tras los muros de la ciudad abandonada, y las sombras transformadas en alabastro y mármol blanco del fuerte Rojo, como autentica  manifestación de la vanidad de los hombres dioses, levantada a la memoria y loa de los humanos, en tanto los intocables, se funden y desaparecen bajo el polvo del olvido, la ignorancia y la miseria, absorbidas por la vorágine cruel del día a día, del sálvese el que pueda, de la tradición las creencias, los mitos y sus religiones, del miedo a la no vida eterna, y la reencarnación en la nada absoluto de los pobres, rematadamente pobres, que ni siquiera albergan la esperanza de una vida mejor en su nueva vida de reencarnados. 

Quién sabe, si todo debe ser así, si es así por el bien de todos, o si simplemente pensamos que nada debe cambiar para que todo cambie. Quien sabe que.
Angel Utrera. 

viernes, 16 de febrero de 2018

JAIPUR EN CUERPO Y ALMA . (INDIA 2ª PARTE).


JAIPUR EN CUERPO Y ALMA.- 26 ENERO 2018.-

Descubro Jaipur y su caótica pobreza, sinfónica harmonía del desconcierto y la sorpresa, en la que las imágenes se superponen como en una de esas viejas películas en blanco y negro de nuestras infancias, en las que con los ojos abiertos de par en par permanecíamos atónicos, hundidos en una vieja butaca de patio o platea, "gallinero" ,de la que se escapaba por los bordes claveteados de chinchetas la viruta y los muelles.
Sorpresa y nuevos sueños  de aquellos nosotros niños,  aprendices de hombres, insaciables y ávidos de todo lo nuevo que devorábamos en sesión continua de dos películas por siete pesetas, horas y horas de fantasía e imaginación a raudales, esa que nos vendían estos mercachifles de la mayor fábrica de sueños que nunca haya podido crear el hombre; el cine.
Y allí mismo nos transformábamos en filibusteros de aventuras con aquellos Errol Flint de pirata y bucaneros, o en plan pistolero nos transformábamos en  sheriff del lejano oeste con el irreductible John Wayne, a golpe de whisky y caballos y esos otros "indios de pega", con piel roja, y plumas con arcos de flechas y "rostros pálidos hablar con lengua de serpiente".


Estos no son así, porque estos son auténticos, de carne y hueso, y desde luego Indios, de la India, no del oeste americano, y te miran curiosos, y te sonríen y te saludan, y te tocan con sus manos cariñosas de gente sorprendida y ansiosa de aprender, mientras se sacan una foto junto a ti, o te ofrecen sin descanso y hasta la extenuación cualquier baratija de a cien Rupias. Collares, pulseras multicolores de hoja de lata, bolígrafos preñados de piedrecitas brillantes, que se caen nada mas tocarlos, postales, libros, marionetas, todo lo que uno pueda imaginarse y mas lo tienen ellos en sus bolsas y ya puedes regatear y regatear porque si te piden mil, acabaran dándotelo en cien. La India en estado puro.

Aquí no valen parámetros ni conceptos putrefactos de la floreciente cultura occidental, esa de la vieja Europa, que se descompone a cada paso, la misma de la vieja escuela luterana en luchas fraticidas con la católica y su Vaticano, de Santas Inquisiciones, y brujas en las hogueras. Tan lujosamente falsa, ostentosa y llena de prejuicios y fina ironía como corrupta en la que el odio prende como la llama en la paja seca y la yesca.

¿Acumular cosas materiales, trastos, cachivaches inútiles una tras otra, a ver quien es mas poderoso en su miseria?, solo lo mas necesario, lo imprescindible y util, lo demás; para que te dirían ellos, si se anda mas ligero sin cargar nada, y además ¿Donde guardarlos ni no tenemos casas, ni armarios, ni puertas, y nuestro hogar es la calle?.   

La india es así, todo cuesta lo que uno es capaz de dar, ni  una Rupia más ni una Rupia menos, y lo sabes de sobra porque los guías te lo han estado repitiendo desde que llegaste, pero ahora lo sabes porque lo sufres en propia carne, y vive Dios, que en ocasiones resulta mas que insoportable, a pesar de que no quieres de ninguna de las maneras despreciarlos, ofenderlos, o insultarlos, porque comprendes que es la necesidad y el hambre lo que los mueve.

Curioso comprobar que algunos de esos mismos niños de la calle, que tienen que jugar a la fuerza a ser adultos para sobrevivir, y no saben de colegios, ni de maestros, de uniformes ni de libros, hablan Castellano, que han aprendido a la fuerza de escuchar y regatear en los autobuses de turistas Españoles.
-Hablas Español de España? Te pregunta uno. No creo que tenga más de doce años, aunque parece mas pequeño, aquí crecen a la fuerza y rápidamente, que remedio.
Hombre claro ¡ De donde si no? Le digo cargado de mi razón, con la lógica de los occidentales, que nos creemos el ombligo del mundo y que lo sabemos todo.
-Puedes ser de Argentina, o Venezuela o Méjico, me dice todo serio, agitando el manojo de collares delante de mis ojos, empujando, para que no le quiten el sitio conseguido, a dos o tres que como el intentan acaparar el premio de mi atención, y de paso colocarme su mercancía, mientras sus grandes ojos negros brillan y se clavan en los míos de sorpresa.
















 Y francamente que quedas estupefacto, porque parece increíble pero tus ojos no te engañan, y lo has oído perfectamente, así que como puedes intentas salir airoso de entre el maremágnum de cuerpos y almas, de piernas y brazos que se alzan ante ti por todas partes, y le coges rechazando el resto, su puñado de collares de a cien Rupias, porque francamente se las ha ganado, ha vencido en el combate cuerpo a cuerpo con tu capacidad de asombro y admiración.
Así son las cosas por aquí, sale adelante el más listo de la clase, tonto el último y camarón que se duerme la corriente se lo lleva. La ley de la selva, colegas, pero a pesar de todo ni ves peleas, ni malos modos, ni empujones, ni engaños o picaresca de esa que tanto tenemos en nuestras modernas  calles y súper desarrolladas ciudades, tan distintas de las de este llamado eufemísticamente "Tercer Mundo".
Pero; ¿cómo es posible meter diez mujeres con sus saris de colores, y sus velos en la caja de un camión, más bien moto carro, mas chapa y lata que hierro, más oxido y pasado que vehículo en movimiento que circula por una autopista de peaje, de noche y sin luces. Pues lo hacen, y tan felices. Ahora recuerdas que lo vimos anoche mientras llegábamos de regreso de Agra.

Y mientras caminas como un zombi, sin saber a dónde mirar, aturdido, temerosamente inerte, casi volátil, etéreo entre el ruido de los cláxones, el ir y venir de gente, los colores de las tiendas en los bazares, los puestos de comidas, las vacas por el medio de la calle, los monos colgados de los cables de luz, sobre los canalones, en las azoteas y tejados, y de cuando en cuando uno que baja raudo con sus culos rojos y roba una fruta, un plátano, o lo que sea de cualquiera de estos puestos ambulantes de mercado entre los pájaros de colores, las ratas que sacan su cabeza de los agujeros de sus madrigueras  y miran por si hay moros en la costa, más bien halcones, como los que sobre vuelan los tejados, las farolas, los rishaws y las bicicletas, que en un despiste los conviertan en su aperitivo del día, quién sabe, y comparten un cacahuete o cualquier cosa con pequeñas ardillas de pequeños rabos, mas que curiosas .


Pues eso, y que tu capacidad de asimilar asombro no tiene limite mientras cuentas las cabezas y sus cuerpos, que van cuatro en un moto, y ahora tres, y por fin llegas a contar hasta cinco, toda la familia de viaje y ella sentada por supuesto, a la mujeriega, las piernas hacia un lado, y bien cerradas bajo su sari, y al ver que le enfocas con la cámara para tomar una foto saca la mejor de sus sonrisas, y uno de los niños, seguramente son sus hijos, piensas con lógica, te saluda con la mano, mientras meteórica la moto, va sorteando el infinito desorden ordenado en este caos, el amasijo infranqueable del trafico.


Aquí pasa el que primero mete el morro, y no vale de nada ni semáforos, ni pasos de cebra, ni siquiera guardias urbanos, que algunos hay, pero a su bola, y no me extraña, porque aquello se dirige solo, y no hay humano capaz de meterle mano y poner orden en semejante marabunta de cacharos y locos al volante de lo que sea; bicicletas, carros, motos, coches, camionetas, tuc-tuc, rishaws, y peatones que se la juegan en cada intento de cruzar una calle.

El truco está en  parar con la mano extendida y los ojos cerrados a los que pretenden quitarte el paso y devorarte como no andes listo. Y recuerda, que conducen por la izquierda, y que la única norma de este particular código de circulación, es que pasa el que primero llega y se mete  por todo el morro, y ande Yo caliente y ríase la gente, y a vivir que son tres días.

Curiosidades, gentes extrañas, gente en cuclillas, gente comiendo, gente rezando, gente aliviándose en cualquier parte, contra una pared, un árbol, da lo mismo, el pudor la vergüenza son valores que resultan aquí muy caros, y no está el horno para bollos, ni la hucha para derroches.
 Hombres con turbantes, hombres sentados con las piernas cruzadas, enhebrando flores para hacer collares de hermosos y vistosos colores, que llevar al templo y en ofrenda dejar a los dioses, en medio de montañas de papeles y basura y mas basura, que digo Yo que porque no contratarán y pondrán en funcionamiento un servicio de limpieza como Dios manda, que además con la mano de obra barata que tienen no les saldría nada caro. Pero no colega, vuelves a razonar con la lógica de occidente y esto es la India, nada que ver, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
Hombres ociosos jugando a las cartas, en el suelo, y nadie habla, todos miran a los jugadores y sus jugadas, y te llaman para que les saques una foto, y sonrien y siguen jugando como si nada, ellos a lo suyo y tu pasas y sigues caminando.


Y de repente descubres un tipo sentado en un sillón de enea y sobre una tarima con turbante blanco y una especie de tetera, y la gente se acerca junta las manos, y él les vierte algo que parece agua, posiblemente agua de rosas, o aromática, con la que se lavan la cara y las manos, a cambio de unas monedas.

Y sigue el ruido, el barullo, el tumulto de hombres y bestias libremente entremezcladas, y sin que nadie se meta con nadie. Pequeños puestos de revistas y libros, tienditas, por llamarlas de algún modo, de ropas, de telas, de especies, de chanclas y zapatos, de mantas y edredones, y una farmacia, o algo que se le parece, con una cruz roja pintada bajo el mostrador, y vendedores, y más vendedores que te llaman, que te ofrecen sus mercancías, que pelean amistosamente con los vendedores ambulantes de baratijas, este que trae timbales, o son tambores, o quizás bongoes mientras te escabulles, literalmente te zafas y les haces un regate metiéndote en una tienda de sedas multicolores, y pañoletas.

Y a todo esto son casi  las cinco de la tarde, y se te ha olvidado hasta comer, porque ni tiempo ha quedado para ello, solo andar, recorrer bazares,  callejear, bucear y sumergirte en este extraño mundo, tan apasionante como nuevo, como extenuante, que entra dentro de ti como si fuera un bebedizo mágico, un bálsamo de fierabrás de las novelas de caballería y caballeros andantes, pero nada más lejos de la realidad, porque esto es la India en estado puro, sus gentes, sus calles, su vida tan maravillosa como inquietante.
Jaipur en cuerpo y alma, nada menos.
Angel Utrera.


martes, 13 de febrero de 2018

DELHI. (INFIERNO O PARAISO). INDIA 1ª PARTE.


Delhi. 24/Enero 2018

Caótica pobreza. Insufrible ciudad, irrespirable, sorprendente, desconcertante y mágica en su exótica diferencia, donde la gente comparte su pobreza, la vida se hace de puertas afuera, entre callejones retorcidos y oscuros de hierros oxidados y cables colgados en una pirueta imposible.

Las mismas calles preñadas de colores, olores y sonidos en las que nadie se escandaliza de nadie y sus vergüenzas al descubierto, siempre que respeten las normas no escritas de castas y rangos.
Siervos y señores de la miseria, la pobreza y el olvido.

Delhi; diecisiete millones de personas compartiendo el mismo espacio, sucio, deslumbrante y polvoriento, de alegría triste, embarrado de orines e inmundicia, de ruidos y claxon de coches. Miles, millones de vidas anónimas pululando como negras hormigas en su hormiguero, ociosas y ocupadas en su  vacío enfebrecído y sin desmayo por un bocado de alimento, algo que mínimamente sea comestible y pueda engañar su hambre acumulada, que cocinar al aire libre.

Calles y calles interminable, insufrible, desdibujada, borrosa para la comprensión racional del visitante, pero no para sus moradores que asoman desde el quicio de su nada, y escupen. Calles ateridas, calles descarnadas, calles de ruina y vida, de gente desconocida que te mira curiosa sin verte, y escupe, que charlan en cuclillas ociosas, desocupadas y escupen y te observan ignorándote de tanto en tanto y escupen.

Calles y calles de cruces laberínticos y fantasmagóricas imágenes levemente flotantes en una atmósfera de aire contaminado, humo y niebla de gentes invisibles, traslucidos, transparentes, irreales, invisibles en su materialidad de carne y hueso, espíritu y nada, que te miran y escupen desde abajo, tal vez mientras piensan, que ellos no son como tú, y envidian tu suerte, mejor suerte que la suya de parias habitantes de la calle, y te miran y tu les devuelves su mirada desde tu segura atalaya de autobús turístico que atrapa el caos, y engulle la ciudad y su tráfico, y cruzamos nuestras miradas, y escupen mientras pasan caminando despacio bajo mi ventanilla cerrada, sin prisa porque la prisa y el estres es un invento de occidente, de nuestras sociedades tan ocupadas de su ombligo y su riqueza que damos asco hasta los que viven de la nada y la basura.






  Hombres que pedalean incansable en bicicletas  fantasmas cargadas hasta los topes, o conducen sus motocicletas de lata, y esos motocarros de hacerles un regate a la miseria, a la imposibilidad de vivir en la pobreza absoluta, mientras cuentan un precario fajo de rupias pringosas y sucias y regatean y vociferan y te ofrecen baratijas con la desesperación del que no espera nada, y sabe que no tiene nada que perder, porque no tiene nada, salvo hambre y curiosidad extrema. 

No hay palabras, no hay capacidad para describir lo que descubren tus ojos, solo asombro, y miras y escupes mientras recorres laberintos inmundos, de callejas y casas sin puertas, porque nada hay que guardar tras ellas, laberintos a lo desconocido, agujeros negros, sueños atrapados en la realidad imposible de cables y piedra, madera podrida y oxidados hierros retorcidos, reciclados una y mil veces en miles de infestos cuchitriles, donde se compra y vende  lo inexistente, cualquier absurdo inimaginable, hasta la muerte.

En Delhi hasta la muerte se ignora, porque va a tu lado, porque aquí se vive a caballo de ella, compartida entre hombres y bestias, y el milagro es aguantar  como animales, sin futuro ni pasado, solo el presente, el instante, el ahora es lo único que cuenta, un día y otro.

Y todo somos únicamente aromas, olores, sensaciones, tienes que sentir, ver, oír, gustar, oler, tocar, atrapar con los cinco sentidos bien abiertos todo lo que te sale al paso, porque todo es diferente y distinto, y nuevo y extraño. 

Niños de manos extendidas y pies descalzos, caras endurecidas y agrietadas por días de desamparo,  cuya primera lección es sobrevivir y ser el más fuerte para seguir adelante cada instante un día más.
 La individualidad compartida en el desencanto, la pobreza extrema, la ignorancia, y ausencia de oportunidades te contempla, en las yemas de esos dedos sucios, esos dedos que hacen el gesto de reclamarte unas monedas para procurarse algo que llevarse a la boca, gestos  naturales, aprendidos a fuerza de ser necesario, y sus ojos profundos, claros, limpios que te miran escondidos tras una sonrisa inventada, fingida de desamparo y cara de pobre ensayada a fuerza de buscar la misericordia, la lástima, la solidaridad de la injusticia de los pobres entre los pobres, mientras desde cualquier esquina nadie te mira y escupe.

Y en medio de este absurdo, reparas sin querer, en un grupo de cuatro, tal vez cinco niñas jugando bajo unos soportales a la rayuela como si nada fuera con ellas, y sientes que hasta en la más profunda de las miserias los juegos de unos niños son una esperanza nueva.

Y te preguntas como es posible, como caben diez mujeres y sus saris de vistosos colores, en la caja de un camión, mas chapa retorcida y hoja de lata oxidada que otra cosa, mientras te miran y sonríen y el motor tose, y ronronea y se ahoga y sigue al paso cargado hasta los topes de cachivaches y humanos. Y tan felices. 

Y ahora pasa una moto con overbooking, cargada con cuatro personas, dos adultos y dos niños, posiblemente una familia, y ella montada a la mujeriega sostiene un bebe entre sus brazos con la avaricia del miedo y el amor de madre.

Esto es Delhi, millones de personas, de seres humanos, solitarios en su desconsuelo y el olvido.  
Sorpresas sorprendentes que dan que pensar, curiosidades  de hombres barbados con turbante. Las mujeres con saris vistosos de colores y pies descalzos. Hombres en cuclillas fumando, charlando, tomando algo parecido a una taza de té. Hombres descalzos, de pies cuarteados, blancos de polvo, sucios de barro, y endurecidos.

Los rickshaw, los motocarros, los Tuk-tuk, las bicicletas cargadas hasta los topes, los monos en los tejados, colgados de los cables, las vacas sagradas paseando por las calles, las cabras, los cerdos compartiendo la basura con la gente, loa perros aburridos que ni ladran, carentes de vitalidad, y los mercadillos abarrotados de humanidad, los mercados multicolores, los cientos de carros cargados de fruta varias, entre hombres extraños y endurecidos que ajenos a todo, mean contra cualquier árbol seco, o sobre una tapia de ladrillo en ruina, como si tal cosa, y el ruido y el barullo enfebrecido, las aglomeraciones, el caos, las miradas de frente o de soslayo, y las calles retorcidas, y la basura, toneladas y toneladas de esperanzas, tristezas, alegrias, deseos, anhelos e inmundicia.
Esto es Delhi, amigos, al mas puro estilo de la India.