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EL PODER DE UNA PALABRA.

Nuestra mente, ese procesador de datos, quizás el más potente que conozco, es capaz de convertir una simple palabra en un torrente de sensaciones: imágenes, sonidos, olores e incluso estados de ánimo. Basta con pronunciar, por ejemplo, «Torremolinos», para que en nuestra cabeza aparezcan de forma espontánea y sugerente la playa, el sol, los cuerpos bronceados, las chicas en bikini, la diversión, el desenfado y la alegría. Porque las palabras no solo nombran las cosas, también las despiertan. Una palabra puede funcionar como una especie de llave que abre, de golpe, recuerdos, imágenes, olores, sonidos y emociones que estaban almacenados en nuestra memoria. Pero también podemos recuperar sensaciones mucho más precisas: el olor de una paella, el aroma de unos espetos de pescado asándose junto al mar, la sal sobre nuestra piel, el calor de la arena bajo los pies, etc. Y, si profundizamos un poco más, descubrimos que esos recuerdos pueden hacer algo todavía más sorprendente: retrotraer...

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