lunes, 3 de diciembre de 2018

LA FAROLA..


Es extraño, porque en ocasiones guardamos estúpidos recuerdos incomprendidos, sorprendentes o inútiles, a los que no encontramos explicación.
Hace tiempo, recuerdo ahora, llegué a un inhóspito y solitario lugar, casi por casualidad, más bien perdido. Me veo allí, atrapado entre esos recuerdos malditos que te asaltan a traición y a contra mano sin que tú quieras recuperarlos, en medio de la nada absoluta de un páramo desierto, infinitamente hostil y estéril que acaba por tragarse tu mirada más allá de la lógica de la razón entre las sombras borrosas del horizonte, sin llegar a distinguir nada que no sea llanura, soledad, silencio, viento ,  arcilla y barro .

Frente a mí, sorprendentemente había una farola. Eso en sí mismo no tendría nada de sorprendente ya que era un farola mas, una  como tantas, solo que allí en medio, resultaba un elemento disonante, carente de sentido ni explicación racional. Encontrarse una farola en aquel lugar no era normal. Una farola vulgar pero sin cables ni bombilla, por lo que resultaba lógico pensar que no servía para iluminar nada, aunque bien mirado tampoco había nada que sacar de las sombras, ni casas, ni caminos, ni tan siquiera un poste indicador de esta o aquella dirección. Porque en muchos kilómetros al rededor no ibas a encontrar absolutamente nada, ni siquiera árboles.


Así que pensé sorprendido que resultaba cómico y carecía de toda lógica, que alguien tuviera la ocurrencia de poner ahí una farola, inútil, inservible en medio de aquel vacío completo.

Al apoyar mi mano en ella y tocarla, sentí el calor que desprendía el metal recalentado por el sol que despiadado se desparramaba sobre aquella soledad esteparia, sedienta y polvorienta, mientras dejaba que mi  mirada se derritiera entre aquella tierra reseca y cuarteada, tan sedienta como yo mismo.
En tanto escupía saliva pegajosa y daba un buen trago de agua de mi cantimplora, mientras removía con la punta de mi bota, piedras y matojos de cardos arrastrados por un viento seco y ardiente, insoportable, no pude dejar de mirarla, francamente molesto por algo tan inusual  .





Recuerdo aquella agobiante sensación de abandono como si fuera en este mismo instante, en el que mientras vaciaba mi vejiga contra aquella farola metálica como un acto de venganza, pensaba que si yo fuera un perro agradecería aquella cosa allí en medio, para levantar mi pata y marcar mi territorio, mientras meo. Claro me dije con una sonrisa sarcástica pintada a medias en mis labios,  que para eso, hay que ser un perro y vivir por aquí, y Yo soy tan solo un viajero extraviado.

Así que  con gesto tranquilo recogí mi mochila del suelo polvoriento y me la colgué sobre los hombros, mientras secaba con un arrugado y sucio pañuelo, el sudor de mi frente reanudando la marcha, que me señalaba el destino, más allá de cualquier camino.

Mientras me alejaba volví la cabeza atrás, varias veces, desconfiando, como para asegurarme que no había sido un espejismo, un sueño, imaginaciones mías, pero no allí seguía impertérrita aquella estúpida cosa, alzada del suelo en medio de su nada y de la mía, y posada sobre ella la negrura de un cuervo.
   

miércoles, 28 de noviembre de 2018

UN CAMIÑO, UNHA ALDEA, UN LUGAR.....


Recordo un dia, xa non sei de cando;
camiñando cheguei por entre congostras escuras e carreiros enlamados de estrume e pasado
a unha aldea perdida, esquecida, sen tempo nin memoria.


Tiña tres casas e media
dúas en ruínas, sementadas de pedra e musgo, e algunha fiestra en pé sen cristais .


Había dous cans que ladraban e unha fonte da que non botaba auga
unha soa rúa de entrada e  sen saída, pola que devagar soñando.









Chaira inmensa, baleiro e medo para me arrolar entre a néboa e as sombras das arbores murchas, co que compartir o seus descoñecidos recordos .


Por iso, despois de falarmos sen palabras proseguín o meu camiño polo estreito sendeiro daquela nada e de cando en cando din en volver a vista atrás aínda que sabía que ninguén me estaba a mirar ; mais por se acaso.




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Recuerdo un día, de no se cuando;
que caminando llegúe  por entre senderos, y caminos de carro enfangados de barro  y pasado a un pueblo perdido y sin tiempo ni memoria.
Tenía tres casas; dos en ruínas dueñas de piedra y  musgo y alguna ventana en pié pero sin cristales.
Había dos perros ladrando, una fuente de caño que no echaba agua
y una sola calle sin entrada ni salida por la que pasear entre sueños.
Descampado imenso, soledad, vacío y miedo me envolvían entre las sombras de los arboles secos, con los que compartir sus desconocidos recuerdos.
Por eso despues de hablarnos sin palabras seguí mi camino por el estrecho camino que señalaba la nada, volviendo de vez en cuando la vista atrás, aún sabiendo que nadie me estaba mirando;por si acaso.


martes, 20 de noviembre de 2018

CALLE MOSQUERA.(Microrelatos y recuerdos de Malaga con sabor a sal)


De casa de mi abuela bajaba una escalera de madera apolillada y barandilla lustrosa a la que le faltaba algún que otro tramo que se había ido quedando por el camino del tiempo y abrillantada  las miles de manos sucias que a ella se agarraban penosamente día tras día.
Casa que desde luego ya no existe porque derribaron hace años aquel edificio de patio de comadres con  pozo y lavadero en el medio, para construir uno de esas nuevas edificaciones impersonales, pero a mucho mejor precio para el constructor, ya sabemos lo de la famosa burbuja; edificios impersonales, de muchísima mejor calidad, pero mayores beneficios, sobre todo si está en el centro de la ciudad.


 Aquella casa se arropaba y envolvía dulcemente en el olor de la coliflor hervida y el bacalao salado rancio, colgado en las ventanas de las galerías al fresco de Málaga, las neveras eran por aquel entonces una barra de hielo metida en un armario,  que lo impregnaba todo de miseria y pobreza, envolviendo mis recuerdos con un papel de celofán nauseabundo de tristeza y podredumbre, de suciedad y ruina, en unos tiempos de postguerra y hambre aún no superada a pesar del tiempo malgastado desde su final.
Francamente para no mentir he de reconocer que ni a mí ni a ninguno de mis hermanos nos gustaba demasiado ir a casa de mi abuela, en Calle Mosquera, fundamentalmente y visto desde la perspectiva del  paso de los años y con la inocencia de aquellos niños entre los que estaba Yo mismo, porque mi abuela era tremendamente besucona y nos llenaba la cara de saliva y babas que nos limpiabas disimuladamente con el dorso de la mano sin que nadie nos viera, con asco y repulsión a aquellas efusiones de cariño rancio y vejez, con aquellos suyos besos sonoros, apretujones y gritos de alegría que llenaban el  patio de vecinas en las ventanas para ver la llegada de sus nietos, y su hijo mayor, naturalmente, mi padre, al que siempre acogía con besos y abrazos y siempre despedía con reproches por haberse casado con aquella mujer, mi madre claro,  (a mi madre nunca la quiso bien, por cierto, tal vez por verla poca cosa, o por celos, o porque se lo quitó, ya que mi padre había sido su sustento incluso antes de la muerte de mi abuelo, y como mayor que era había ayudado a sacar adelante una familia de siete hijos, lo que no resultaba nada raro en aquellos tiempos).


Aquel piso, viejo, destartalado, lleno de olores extraños, es curioso que entre mis recuerdos sobresalga el de una desconchada olla de aquellas de porcelana, siempre en el fuego, cocina de hierro alimentada con carbón, hirviendo y borboteando un humo extraño de olor desagradable y agrio, un puchero de garbanzos, del que saqué este vicio mío por la "pringá", suciedad y sombras era la casa de mi abuela María; "María Cañizares", porque mi abuelo Manolo había muerto hacía años, y su recuerdo para mi es algo borroso, tan solo de un diente de oro que brillaba al reír con aquella suya risa limpia y franca, el olor a vino agrio de la taberna donde trabajaba, entre enormes toneles, cabezas de toros disecadas, y amarillentos carteles colgados en las paredes, donde se podía leer tal o cual corrida, y las cuadrillas de toreros de aquel entonces, que venían a la plaza de toros de Málaga, en los tiempos de la feria, y la perra gorda que siempre nos daba para que nos compráramos lo que quisiéramos.
Al llegar al primero de sus cuatro rellanos, en el piso tercero, te enfrentabas con las sombras de un largo pasillo, que nunca en mis pocos años supe a donde conducía, porque no fui capaz de vencer el miedo en el que aquella oscuridad absoluta me introducía.
Contaban en susurros y con voz queda las abuelas de luto permanente y ojos cegados por el blanco de las cataratas, que allí mismo, en aquel rellano vivía un hombre mal encarado y malvado que no se trataba con nadie, como no fuera el mismísimo demonio, ya que a veces salía de su casa un nauseabundo olor a azufre, ni se le conocían mas compañías que los gatos que a todas horas merodeaban por sus alrededores.
Un viejo huraño y solitario, de voz aguardentosa y rasgada, de capa sucia y raída, luengas barbas blanquecinas y andares renqueantes que se apoyaba en un bastón de madera de olivo y cuyos pasos resonaban en el silencio de la noche, cuando regresaba de sus turbios negocios, y subía aquellos escalones acompañándose del sonido del bastón sobre la madera, con cada paso. Al parecer, según mis recuerdos poco fiables, había sido en sus mejores años cerrajero y su fortuna se torció definitivamente al verse envuelto en un extraño suceso, muy comentado en los mentideros y patios de corralas de la época.
Al parecer un peligroso delincuente permanecía en prisión a la espera de juicio, cuando un caballero bien trajeado y preocupado en ocultar su identidad, se personó en el establecimiento de ferralla del susodicho demandando de éste un servicio del que saldría bien parado y mejor servido, ya que la bolsa que le ofreció como pago superaba ampliamente el valor del encargo, y hacía sospechar que detrás de aquello había algo, cuando menos turbio o poco honesto. El caso es que pudo más la codicia que la prudencia, y presto, se puso con su mejor arte a confeccionar la llave maestra, que tal era lo que se le encargaba, que al parecer abriría la puerta de la celda del preso.

Fuera como fuera, el caso es que de la noche a la mañana el condenado se fugó abriendo limpiamente los candados y cerraduras de la prisión, por lo que la policía a la sazón, atando cabos dio con el paradero del cerrajero y allá se presentaron una mañana demandándole explicaciones, y si había realizado él algún encargo, o si había hecho una llave especial, últimamente  y para quien, etc.
De aquellas pesquisas y el interrogatorio subsiguiente no sacaron nada en claro, salvo medias verdades, no me acuerdo, que se Yo, ni en su casa ni en comisaría donde fue conducido preso, y bajo acusación de haber facilitado la fuga del condenado.

El caso es que no existir pruebas contra él, ni testigos, ni fundamentos, finalmente la paciencia de la autoridad colmada y a punto de rebosar, dio con los huesos de aquel pobre desgraciado entre rejas con el aviso de que si tan fácil era, como así lo aseguraba salir de aquella prisión, que lo intentara y quedaría libre.
Sea como fuera la realidad es que a  la tercera noche, aquel hombre ya no durmió entre rejas, y a la mañana siguiente al ir a darle el desayuno acostumbrado, los guardias dieron la voz de alarma de que efectivamente se había fugado. 






 Al parecer con algunos trozos de alambre que llevaba escondidos entre las ropas, fabricó una ganzúa con la que abrió cuantas cerraduras le salieron al paso, y así pudo tomar las de Villadiego, y si te he visto no me acuerdo.
El cuento tal y como lo relataban las comadres, termina aquí, de lo que pasó después nada dice, ni se sabe, por lo que hay que suponerlo todo, para empezar  que la historia tenga un mínimo de veracidad, más bien parece una de esas historias que se contaban en las largas noches de invierno a los niños, antes de ir a la cama. Quién sabe. 

A veces mi padre adornaba la historia añadiendo, tal vez de su propia cosecha, quizás no, que aquel cerrajero desconocido había sido nuestra Tatarabuelo.
Claro que haciendo honor a la verdad tengo que reconocer que la fantasía desbordada y la creatividad de mi padre rondó siempre el surrealismo de la irrealidad.

 Sin embargo hay que reconocerle que su capacidad narrativa y fantástica imaginación era capaz de conseguir de quien le prestaba atención, que mientras  escuchábamos de sus labios alguno de aquellos relatos familiares, estuviéramos seguro de que por increíble que pudiera ser, aquello había sido, y era tan y como él lo contaba.
Recuerdo ahora entre sus cuentos y leyendas, historias más o menos inventadas, o no, la de que aquella famosa Vedette, que conquistó la nobleza Parisina, y el amor incluso de reyes y príncipes, Carolina Otero, la famosa "Bella Otero", que había sido engendrada en algún lugar de Valga (Pontevedra), era realmente una tía abuela nuestra.
Durante años, crecí convencido de que efectivamente estábamos de uno u otra manera emparentados con aquella señora que conquistó Europa con su voz y su arte, y algo más que no se puede decir, hasta que atando cabos, y deshaciendo entuertos, nos metimos en un callejón sin salida, del que solo era posible salir usando el sentido común y la razón que nos decía que aquella señora era imposible que tuviera espacio en nuestro árbol genealógico familiar. 
A pesar de todo, mi padre  siguió afirmando que era familiar nuestro por parte de su madre con quien compartía únicamente apellido, como prueba de consanguineidad, contra viento y marea.   Así era él, genio y figura. Un artista frustrado, y desde luego un subproducto de ese ingenio andaluz, que se recrea en el poema "El Piyayo" de Jose Carlos de Luna, o en aquel otro de Feria de Jerez, creo que de Jose Mª. Peman, que tanto le gustaban.
Lo cierto es que entre lo oscuro que aquella galería estaba, los cuentos y misterios de aquel viejo y el terror al "sacamantecas", que raptaba niños, para abrirlos en canal y sacarles las tripas que después vendía y llevaba en un saco de arpillera a vender a la plaza, como si fueran de cordero o cabra, vivíamos en un sin vivir, y pasar por el hueco de este rellano era toda una aventura que emprendíamos con pavor, y a la carrera, saltando más que subiendo  los escalones  de dos en dos, todo lo que nos permitían nuestras piernas, mientras mi madre nos reprendía,- no hagáis tanto ruido, no corráis, no zapateéis......niños, y mi padre ya estaba arriba apretado entre los brazos de mi abuela, y sus Ay¡¡¡¡¡¡ desmedidos, casi teatrales, mientras se le escapaba de reojo la mirada, a ver si ya las vecinas habían asomado a los balcones y empezaban a morderse las uñas y morirse de envidia, un poquito .    


     
.   


(Publicado en la revista "EL SILENCIO ES MIEDO", numero 16 de Noviembre 2018 que editan desde Palencia el colectivo literario elsilencioesmiedo.com).





Para saber mas y conocer la revista o participar en ella se puede consultar el siguiente....

blog.-http://elsilencioesmiedo.blogspot.com/

  

viernes, 9 de noviembre de 2018

A NETA DO CAMILO .(EXPOSICION NO CENTRO SOCIOCULTURAL DO ENSANCHE)


 Grata Sorpresa, e mais que fermosa exposicion de pintura, e algo mais desta........................ A NETA DO CAMILO, ....
a quen non teño o gusto de coñecer, pero que veño de descubrir ao través dos seus soños plásticos; a cidade, oa recordos, as xentes , en forma de oleos, que congan nas paredes do Centro Sociocultural do Ensanche, en Compostela, na Rúa Frei Rosendo Salvado, moi cerquiña daquela praza roxa, que en tempos fora simbolo das protestas estudianties e as ansias de liberdade das xentes deste Pais, que camiña dia a dia entre os grises das miserias, e as sombras dos rencores e odios, feridas aína non pechadas, e que sen dubida as cores das obras desta Neta do Camilo, axuda a sandar.




 Coma din a artista na súa paxina en internet, onde podedes ver a súa obra....
http://www.anetadocamilo.com/

Pra min a pintura é o xeito de expresar o que con palabras non consigo reflexar. 

Pinto porque me gusta, porque me relaxa..., pinto tendo en conta quen son..., sen pretensións. 

"anetadocamilo" é moito máis ca sinatura que poño nos meus lenzos. É a miña homenaxe a tódolos avós da miña xeración. Falo do orgullo polos ancestros e pola miña terra.



"A neto do Camilo", presenta esta a súa exposicion de oleos no centro sociocultural do Ensanchez en Compostela, dende o pasado dia 5 e ata o 30 desde mes de Novembro. 
Cadros, cheos de forza e expresividade, que non deixa indiferentes, que queren dicir algo, e mover algo dentro do curioso impertinente, que coma min, pasa e detense diante de cada un das obras, cunha expresiòn de asombro, e un xesto de sorpresa, porque ata agora non sabia nada desta impresionante artista plastica, que vai moito mais ala da simple pintura, porque o que quere e atrapar a realiade na irrealidade dos soños e as imaxes de seu mundo interior, nesa fantasia de nenos que todos nos levamos dentro, ainda que alguns xa o esqueceron.
Atopa o teu camiño, percorreo sen olalr atras.......Ten a coraxe de desfrutar o que te rodea. Apoderate do ceo, das estrelas, das nubes, da auga, das montañas mais impoñentes, ou da brabura do mar.    
Pois algo asi pretende esta muller, que rende homenaxe de liberdade o seus sentimentos, e de gratitude os seus avos...Camilo e Carmucha.
Pois si...ide ver e desfrutar da obra e a pintura reflectida nos lienzos desta Neta do Camilo, as veces, en finas pinceladas, e outras e rabiosa e furiosa brocha, que frustra a indiferencia....
Un pracer os sentidos.
 Noraboa e longa vida a esta artista das cores, a furia e a sensibilidade...
Para min, toda unha descuberta. Parabens á artista.
Angel Utrera

jueves, 8 de noviembre de 2018

Microrelatos con sabor a sal....Mi madre.


Algunas veces mi madre me contaba cosas, cuando yo no tenía tiempo de escucharla.
Llegaba en silencio al despacho aquel de nuestra casa en Cuatro Caminos, encima del viejo cine Cristal y con vistas a Bravo Murillo y el cine Montijo, y se sentaba allí a mi lado, las manos entrelazadas sobre el regazo, mirándome de reojo mientras  me veía estudiar y preparar mis exámenes,  resolviendo supuestos de contabilidad y matrices de matemáticas financieras, que nunca entendí ni entenderé aunque me maten.




Yo era la mayor, sabes?. Éramos tres hermanas; Tu tía Pepi, la Sofi que era la mas pequeña y Yo. Y la abuela; mamá Sofía, mi madre, me mandaba a calle cerrojo, o la calle cuarteles, o a los Martires, con la cartilla de racionamiento, aquellos fueron los años del hambre, la posguerra, porque no había nada que comer a ver si conseguía algo, porque Yo era la más dispuesta para estas cosas .












Anda niña, me decía, vete a ver si te dan un cuartillo de aceite, un par de huevos y un paquete de achicoria, y les dicen que te lo fíen, que a principio de semana cuando cobre tu padre, le pagamos todo.
Tu tía, la tita Pepi, estuvo a punto de ponerse de novios con un cabrero que bajaba con su rebaño de cabras de los montes, ya ves tú. La abuela decía que era muy poca cosa, nada, y no la dejó, que se viera con aquel hombre, nada menos que el Antonio Molina, que después fue tan famoso por su voz y sus canciones y coplas flamencas, que cosas tiene la vida, al final se casó con tu tío Carlos, que era bastante mayor que ella, pero buen hombre.
Aquellos fueron años que mejor no recordar porque dan miedo, y que no vuelvan. La guerra es lo peor que hay. Todavía me acuerdo de cuando entraron los moros en Málaga, los legionarios y los regulares, y la pobre gente con sus cuatro trastos en una carretilla o un burro el que podía, escapando por la carretera de la costa, mientras los aviones los ametrallaban, y desde el mar los barcos les tiraban bombas.
Y tu abuelo en la cárcel, que si no es por su hermano que era un falangista de peso en Sevilla, donde mandaban los militares de Queipo de Llano, lo fusilan, por decir que era socialista, Ya ves tú, socialista, cuando si había en casa un huevo tenía que ser para él, no para sus hijas, porque era él hombre y era el que ganaba el jornal y mantenía a la familia. Socialista, si. Un egoísta y un tirano, es lo que era tu abuelo.  

Y se levantaba lentamente perdida en sus recuerdo, con su bata de cuadros y la escoba en la mano, sonándose la nariz, con aquel su pañuelo arrugado de penas y recuerdos, mientras se iba alejando y me preguntaba desde el pasillo; Quieres un café?.
Así era mi madre, y así la recuerdo; cuando pude escucharla no tenía tiempo, y ahora que me sobra no puedo oírla y conversar con ella, paradojas y malas jugadas del destino.


martes, 30 de octubre de 2018

RECORDOS NO CAMIÑO.(Poemas)


Recordo un dia, xa non sei de cando;
camiñando cheguei por entre congostras escuras e carreiros enlamados de estrume e pasado
a unha aldea perdida, esquecida, sen tempo nin memoria.
Tiña tres casas e media
dúas en ruínas, sementadas de pedra e musgo, e algunha fiestra en pé sen cristais .
Había dous cans que ladraban e unha fonte da que non botaba auga
unha soa rúa de entrada e  sen saída, pola que devagar soñando.





Chaira inmensa, baleiro e medo para me arrolar entre a néboa e as sombras das arbores murchas, co que compartir o seus descoñecidos recordos .
Por iso, despois de falarmos sen palabras proseguín o meu camiño polo estreito sendeiro daquela nada e de cando en cando din en volver a vista atrás aínda que sabía que ninguén me estaba a mirar ; mais por se acaso.



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Recuerdo un día, de no se cuando;
que caminando llegué  por entre senderos, y caminos de carro enfangados de barro  y pasado a un pueblo perdido y sin tiempo ni memoria.
Tenía tres casas; dos en ruinas dueñas de piedra y  musgo y alguna ventana en pié pero sin cristales.
Había dos perros ladrando, una fuente de caño que no echaba agua
y una sola calle sin entrada ni salida por la que pasear entre sueños.
Descampado inmenso, soledad, vacío y miedo me envolvían entre las sombras de los arboles secos, con los que compartir sus desconocidos recuerdos.
Por eso después de hablarnos sin palabras seguí mi camino por el estrecho camino que señalaba la nada, volviendo de vez en cuando la vista atrás, aún sabiendo que nadie me estaba mirando;por si acaso.