EL PODER DE UNA PALABRA.

Nuestra mente, ese procesador de datos, quizás el más potente que conozco, es capaz de convertir una simple palabra en un torrente de sensaciones: imágenes, sonidos, olores e incluso estados de ánimo. Basta con pronunciar, por ejemplo, «Torremolinos», para que en nuestra cabeza aparezcan de forma espontánea y sugerente la playa, el sol, los cuerpos bronceados, las chicas en bikini, la diversión, el desenfado y la alegría.
Porque las palabras no solo nombran las cosas, también las despiertan. Una palabra puede funcionar como una especie de llave que abre, de golpe, recuerdos, imágenes, olores, sonidos y emociones que estaban almacenados en nuestra memoria. Pero también podemos recuperar sensaciones mucho más precisas: el olor de una paella, el aroma de unos espetos de pescado asándose junto al mar, la sal sobre nuestra piel, el calor de la arena bajo los pies, etc.
Y, si profundizamos un poco más, descubrimos que esos recuerdos pueden hacer algo todavía más sorprendente: retrotraernos al pasado y transportarnos, a lomos de los sueños, hacia vivencias que creíamos olvidadas; Una caricia. Un beso. Un abrazo. El rumor de las olas en una cálida noche de verano. La música de una discoteca. Una mirada que se cruzó con la nuestra y que, quizá sin saberlo, dio comienzo a aquel primer amor juvenil.
Y junto a todo ello pueden regresar también otras sensaciones: el peligro, el deseo, la incertidumbre, el miedo. Porque, ¿quién sabe cuántas emociones permanecen escondidas dentro de una sola palabra? En realidad, no recordamos únicamente lo que ocurrió en el pasado; recordamos también cómo nos hizo sentir y mantenemos más o menos viva la huella que nos dejó en el corazón. Posiblemente ahí reside uno de los mayores misterios de nuestra mente: somos capaces de volver a sentir, muchos años después, aquello que creíamos definitivamente perdido. No hay duda de que una palabra puede devolvernos un lugar.
Un lugar puede devolvernos un momento. Un momento puede devolvernos a una persona. Y una persona puede devolvernos, durante unos segundos, a quienes nosotros mismos fuimos, todo ello en una fracción de segundo y gracias al infinito poder de nuestras neuronas. Por eso algunas palabras nos hacen sonreír y otras nos entristecen. Algunas nos producen nostalgia, otras deseo, ternura o melancolía. Porque las palabras no son solamente sonidos, son puertas por las que a veces huir, volar y vivir, casi nada. Angel Utrera.

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