miércoles, 4 de mayo de 2016

SILENCIOS....para pensar.


 Hay silencios que no se necesitan compartir con nadie, que no se pueden acompañar con nada
son intrínsecamente instantes solitarios de uno, consigo mismo.

Silencios que se consumen dulcemente como si fueran , la ultima vez de algo, de estar frente a frente con el vacío  y el miedo ,al borde de un precipicio abismal.

Silencios llenos del aroma de una taza de café humeante ,sentados frente a ella en la mesa de tu cocina, sin nada mas que hacer que pensar y saborear su paladar, mientras afuera arrecia la lluvia y el viento de un invierno cualquiera, pero nadie te espera, y tu no tienes prisa.


Y también hay de esa clase de  silencios llenos de palabras que como las olas de un  mar extraño, ese mismo mar de azul cobalto que mantienes prisionero en tus retinas, desde aquella primera vez, cuando lo descubriste , van y vienen borrando cualquier signo escrito sobre una arena fantasmal y difusa  de de nostalgias y añoranzas, si acaso.
Son silencios de los de verdad, de los que duelen en el alma y para siempre, silencios que rebosan de lágrimas robadas a la tristeza.

Y hay silencios cómplices, malsanos y asesinos de sueños y fantasías, escondidos en los fantasmas del pasado, que nos salen al camino por sorpresa clavándonos por la espalda su puñal frío, con un carámbano de hielo, mientras tiritamos de a uno incapaces de doblar la esquina, aterrados ante  el fracaso  y las dudas. 

Hay silencios, tantos como palabras no pronunciadas, tantos como besos furtivos, tantos como caricias atrapadas en el silencio de una mirada fugitiva, de un cuerpo desnudo que se nos ofrece.




Y sobre todo no tengo la mas mínima duda  que no nos queda nada tan cruel, algunas veces,  tan terrible siempre, como escuchar y sentir, esos sonidos del silencio que aturden, que corroen con la duda, que duelen, que humillan, que enloquecen y marchitan la alegría solitaria de la vida por la que caminamos a tumbos como borrachos , en silencio, avergonzados con nosotros mismos, con esa sensación agridulce de vulgaridad y tiempo perdido que solo sienten los cobardes, cuando se miran sin verse en el espejo empeñado del silencio.      





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