AQUEL ULTIMO VERANO
En los últimos días de aquel verano de 1967 por primera vez en mi vida intuía que tenia una verdadera historia que compartir con mis amigos, y eso me hacia sentir importante, sin duda, y no parar quieto.
El calor aun continuaba y las noches impregnadas en jazmín y azahar de los
cercanos jardines de la
Alhambra , se escapaban en blanco, pegajosos los cuerpos
sudados y sin pegar ojo a pesar de las ventanas abiertas de par en par a las
solitarias calles en sombra y barro, pintadas en el secano de las fuentes del
Zacatin, por cuyas acequias en otoño fluía arrastrando las hojas muertas de los
plátanos con los que se adornaba coqueta la plaza de Bibarambla, y su hermosa
fuente en la que nos mojábamos el pelo y la cara de cuando en cuando en nuestros
juegos infantiles, y en invierno se transformaba en caramelos de hielo y
cristales que escachábamos a pedradas por el intenso frío de las madrugadas y
la escarcha que blanqueaba la hierba y los cipreses de los jardines del
triunfo, en donde jugábamos a las bolas, al principio de metal o de barro
cocido y mas tarde cuando aparecieron de cristal irisadas y de colores que
guardábamos como tesoros en saquitos de tela que nos cosían en casa, de
cualquier trapo inservible y reciclado para nuestros juegos, como también los
antifaces y caretas de bandoleros. .
Con aquellos doce años por cumplir presentía que nada volvería a ser ya
igual y que nunca nada se repite de la
misma manera, por lo que sin saberlo, apuraba cada instante del día en mil
historias, sin descanso, con la energía que solo tiene un niño de esa edad y
con toda la vida por delante.
Aquel verano había decidido por fin que me gustaba ser chico. Un problema
menos, una vez dada con la soluciòn del dilema; ¿niño o niña que sería mejor
ser?.
Algunas veces me había preguntado si seria mejor ser niña y como pensaría
las cosas si en lugar de nacer como era fuera una chica.
Las niñas eran torpes y ruidosas, siempre cuchicheando con risitas entupidas
y escapándose de nosotros, aunque bien nos dábamos cuenta de que se morían de
ganas de jugar con nosotros a policías y ladrones, a la llevas, al futbol.
Ellas siempre estaban con sus muñecas de trapo y plástico y la cuerda para
saltar a la comba, agarrándose las faldas como si fuera algo imperdonable que
se le vieran las bragas, siempre blancas, por cierto como nuestros
calzoncillos, no debía de haberse puesto de moda todavía la ropa interior de
colores. Y además había dejado de ser un misterio,
aunque no un pecado que me remordía en
lo mas profundo de mi corazón y que estaba obligado a confesar, aunque lo
estuviera posponiendo un día tras otro por vergüenza, verle las tetas y
tocarlas, aunque no me había dejado que le besara los pezones, Yo quería
averiguar a que sabia aquella aureola que despuntaban sobre los dos bultos que
Maite llamaba orgullosa sus pechos y que aun mas mujer la hacían sentirse al
haber empezado a usar sujetador por primera vez.
Un secreto, ya se sabe, que es algo que uno conoce y los demás no .Así que
Yo me moría de ganas de compartir mi primer gran secreto; Maite y Yo éramos
novios, y le había visto y tocado, aunque no besado, los pechos.
Por otra parte tengo que reconocer que
tampoco me había parecido una gran cosa, tanto que siempre nos llamaba
de las niñas sus tetas y bromeábamos sobre su tamaño y forma y que sabíamos era
sexo, pecado, carne e infierno. Los curas insistían en ello una y mil veces;
castidad y pureza, mundo, demonio y carne los pecados capitales y todo esa
parafernalia que en aquellos años nos metían a golpe de baso de leche con cola
cao y pan con mantequilla de merienda, aunque Yo prefería la Wamba de chocolate y crema,
ejercicios espirituales y nueves primeros viernes de mes, Sagrado Corazón de
Jesus.
Mas importante era la proximidad del comienzo del campeonato federado de hockey
sobre patines del equipo infantil del colegio y para el que estaba convocado
como primer portero, mi madre me había acompañado a comprar unos patines
nuevos, con una bota de cuero especial, que atornillaron en la zapatería al patín
de hierro, con freno de taco de goma y ruedas móviles, una autentica maravilla
y por cierto bastante caros para aquella época, me iban a ser mi regalo de
cumpleaños.
Aquel verano ciertamente había sido importante; Mujeres, deportes y como no
podía ser menos que otros también aprendí a montar en bicicleta.
Yo le cogía todas las tardes la bici a Fernandito y a pesar de los pesares,
los trompazos y heridas en las rodillas,
una y mil veces, me lanzaba cuesta abajo por las callejuelas de la calle Elena,
el Zacatin y Reyes Catolicos, hasta que aprendí a controlarla y disfrutaba
desafiando al viento en alocadas carrerillas desde la Alhambra hasta la plaza
de Santa Ana, la campana de la
Vela al fondo como testigo de aquella niñez que se me iba
quedando atrás en cada pedalada.
Aquel verano también dejó marcado para siempre en amargura y tristeza en mi
corazón joven las lagrimas de mi madre. Ese llanto inconsolable que sorprendí
sin querer y que siempre recordaré como un descubrimiento cruel de lo dura que
puede ser la vida, como fui aprendiendo con los años.
Nadie debería de llorar, pensaba Yo, y mucho menos la madre. En todo caso
si uno quiere llorar porque le duele el estomago o la cabeza, como me pasaba a
mi a veces, está bien, pero no así en la soledad de tu cuarto y en silencio y
sin que te duela nada, si acaso el alma. No es justo, pensaba Yo entonces y lo
sigo pensando tantos años después, y cuando ya he llorado tanto y por tantas
cosas que perdí y que amaba.
Fue el ultimo verano en el que mi hermano mayor empezó a hacerse hombre de
golpe y porrazo en el internado de Campillos, donde le enseñaron a callar y
obedecer, el orden y las normas de las que siempre había escapado .
Aquel fue mi ultimo verano de remolonear para salir de entre las
sabanas al despertarme por las mañanas
muerto de sueño y a regañadientes porque no quería mojarme la cara en agua fría
para quitarme las legañas con las que la
noche y el sueño adornaban mis ojos, ni peinarme aquel pelo salvaje paraíso de
los rizos, que tan pronto se aplacaban como se escapaban revoltosos. El ultimo
verano de pelearme a brazo partido con los ojales de la camisa que nunca
coincidían con los botones, y el de darme la vuelta al jersey porque se
empeñaba en ir con lo de detrás para adelante, o en llevar un calcetín de cada color.
Aquel niño que fui Yo y que nadie recuerda porque no queda nadie salvo Yo
para recordarlo, como ahora hago tantos y tantos años después y tan lejos de
aquella ciudad, la Granada
llorada de mi infancia.
Angel Utrera.
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