REFLEXIONES DESDE UN CAFE...
Sentarse en un viejo café, a ver gente pasar, acompañándose del lenguaje
del silencio cambiante, en tanto a tu alrededor la vida entra y sale a
trompicones, a solas contigo mismo, es un ejercicio muy saludable de vivir.
Vivir nuestras vidas opacas tristemente, sin fantasía, en cualquier lugar,
donde el consumismo de este pseudo llamado "mundo moderno" aún no
haya corrompido hasta el tuétano la medular de nuestra juventud comprometida y
fresca de las que cohabitan en cualquier barrio obrero de casas prefabricas a
la ligera, hierro oxidado y cemento, encerradas en jaulas de cartón piedra y
paredes de papel de celofán desde las que se radian y televisan las miserias de
nuestros vecinos, mientras soñamos y hacemos el amor en austeridad y silencio,
a oscuras de nosotros mismos, con la renuncia y el conformismo prendidos de
nuestras chaquetas, buscando desmembrar la vida, en un ejercicio pornográfico de
exhibicionismo de madrastra mala, de reina virgen, celosa y cruel con todo y
todos, porque simplemente encarna la frustración del fracaso con el que convivimos
y del que renegamos inútilmente, es algo peor que ser conscientes de nuestro
propio fracaso como hombres, dotados de libre albedrio para decidir y emprender
este o aquel camino por el que perdernos .
Vivimos vidas pequeñas salidas de la nada, misteriosas, vulgares y hurañas.
Vidas de a uno, solitarios recalcitrantes encima de las calles, sin confiar en
nada ni en nadie, procurando esquivar, de un lado la muerte y del otro la vida
que nos sale al encuentro en cada esquina, y con cada nuevo requiebro el tiempo
que parece detenerse, mientras como si estuviéramos en el interior de una
enorme pecera transparente, miramos con ojos acuosos, ciegos, velados por la pátina
de las cataratas a nuestro lado, sin ver nada.
Este mismo juego es el que repito a través
de esta enorme cristalera empañada, del café en el que divago, mientras observo
impúdico y sin vergüenza, el deambular de borrachos apresurados, de la gente
que pasa y me mira sorprendida al tiempo que como si de una cámara curiosa e impertinente
se tratara mis ojos recorren lentamente sus cuerpos de arriba a abajo, filmando
y guardando en mi retina, sus miradas esquivas, sus manos temblorosas, sus
greñas mojadas, para al instante siguiente, dejar paso a una nueva escena sobre
el escenario de la avenida preñada de luces y semáforos, de coches que chirrían,
de claxon que protestan y transmiten el enojo y la prisa del que
compulsivamente aprieta y golpea el volante de su auto, sin poder avanzar
apenas unos metros en procesión de santa compaña que te obliga y obliga a
esfumarte hacia la nada del cielo oscuro y negro, sin luna que envuelve el
ruido del miedo contenido en sus gargantas.
Mientras continuo mirando en este
extenuante ejercicio de observador, como si estuviera subido en una grúa, en un
travelling intermitente he inventado, compruebo el pulular de sus vidas
peligrosamente, observando el mundo a mis pies y me parecen hormigas en un
hormiguero, todas con el mismo traje, chocando sin orden ni concierto sus
antenas repugnantes, suciedad y belleza deforme a un tiempo, paradigma o metáfora
de la sociedad en la que nos asfixiamos apretados por el vacio, el silencio del
hombre lobo, consumidos en nuestros propios sueños de hombre moderno que rinde
y paga tributo de aislamiento, en sus jaulas de oro, al miedo, al odio a la
muerte.
Observo y observo, lugares nuevos, gente desconocida, sombras húmedas,
calles oscuras, barrios impregnados de olores y formas desconocidas en días
grises que como en un fundido en blanco y negro, da paso al nuevo mundo
encerrado de grillos en grilleras del que nadie escapa al abandono de los
sentimientos y la alegría.
Patética invención, pienso, creación de una mente diabólica y retorcida que
vista desde la defensa de los cristales de mis gafas empañadas por el vaho del
aliento en esta silla de enea, madera y hierro, entre el aroma del café recién hecho,
el entre chocar de las tazas, el humo del tabaco que detesto, y una puerta
giratoria de cristal esmerilado que rechina y se queja en cada vuelta, cada vez que entra alguien o
sale.

Solitario intransigente y fragmentado, conjugo en un único verbo el del
espacio y el tiempo en el que observo, supongo y fantaseo con la gente con la
que juego desde el interior del eco repetido hasta el infinito de mis sueños, suponiéndoles
valores que ignoro y no me importa en lo mas mínimo si tienen o carecen
totalmente de ello.
Y mientras tomo la taza y doy un trago a mi café ya frio, pienso que este
es el concepto de seres humanos; monigotes, figuras de barro, san benitos de
papel arrugado, fragiles e inestables, tensos e inconformistas, misteriosos
esperpentos, ansiosas promesas irónicas de vida espiritual en un paraíso
soñado.
Y afuera llueve sobre el asfalto mojado en el que se reflejan cristales
plateados de farolas encendidas, parábola del mar que tanto añoro desde esta
estepa helada que es mi vida entre cafés ahora vacio, caminar sin rumbo ni
destino, pensar en el vacío y llevar el silencio a tu lado.
Angel Utrera. (Desde Madrid, mientras espero....)
Comentarios