viernes, 13 de noviembre de 2015

REFLEXIONES DESDE UN CAFE...

 Sentarse en un viejo café, a ver gente pasar, acompañándose del lenguaje del silencio cambiante, en tanto a tu alrededor la vida entra y sale a trompicones, a solas contigo mismo, es un ejercicio muy saludable de vivir.
Solitario intransigente y fragmentado, conjugo en un único verbo el del espacio y el tiempo en el que observo, supongo y fantaseo con la gente con la que juego desde el interior del eco repetido hasta el infinito de mis sueños, suponiéndoles valores que ignoro y no me importa en lo mas mínimo si tienen o carecen totalmente de ello. 
Vivir nuestras vidas opacas tristemente, sin fantasía, en cualquier lugar, donde el consumismo de este pseudo llamado "mundo moderno" aún no haya corrompido hasta el tuétano la medular de nuestra juventud comprometida y fresca de las que cohabitan en cualquier barrio obrero de casas prefabricas a la ligera, hierro oxidado y cemento, encerradas en jaulas de cartón piedra y paredes de papel de celofán desde las que se radian y televisan las miserias de nuestros vecinos, mientras soñamos y hacemos el amor en austeridad y silencio, a oscuras de nosotros mismos, con la renuncia y el conformismo prendidos de nuestras chaquetas, buscando desmembrar la vida, en un ejercicio pornográfico de exhibicionismo de madrastra mala, de reina virgen, celosa y cruel con todo y todos, porque simplemente encarna la frustración del fracaso con el que convivimos y del que renegamos inútilmente, es algo peor que ser conscientes de nuestro propio fracaso como hombres, dotados de libre albedrio para decidir y emprender este o aquel camino por el que perdernos .
Vivimos vidas pequeñas salidas de la nada, misteriosas, vulgares y hurañas. Vidas de a uno, solitarios recalcitrantes encima de las calles, sin confiar en nada ni en nadie, procurando esquivar, de un lado la muerte y del otro la vida que nos sale al encuentro en cada esquina, y con cada nuevo requiebro el tiempo que parece detenerse, mientras como si estuviéramos en el interior de una enorme pecera transparente, miramos con ojos acuosos, ciegos, velados por la pátina de las cataratas a nuestro lado, sin ver nada.
 Este mismo juego es el que repito a través de esta enorme cristalera empañada, del café en el que divago, mientras observo impúdico y sin vergüenza, el deambular de borrachos apresurados, de la gente que pasa y me mira sorprendida al tiempo que como si de una cámara curiosa e impertinente se tratara mis ojos recorren lentamente sus cuerpos de arriba a abajo, filmando y guardando en mi retina, sus miradas esquivas, sus manos temblorosas, sus greñas mojadas, para al instante siguiente, dejar paso a una nueva escena sobre el escenario de la avenida preñada de luces y semáforos, de coches que chirrían, de claxon que protestan y transmiten el enojo y la prisa del que compulsivamente aprieta y golpea el volante de su auto, sin poder avanzar apenas unos metros en procesión de santa compaña que te obliga y obliga a esfumarte hacia la nada del cielo oscuro y negro, sin luna que envuelve el ruido del miedo contenido en sus gargantas.
 Mientras continuo mirando en este extenuante ejercicio de observador, como si estuviera subido en una grúa, en un travelling intermitente he inventado, compruebo el pulular de sus vidas peligrosamente, observando el mundo a mis pies y me parecen hormigas en un hormiguero, todas con el mismo traje, chocando sin orden ni concierto sus antenas repugnantes, suciedad y belleza deforme a un tiempo, paradigma o metáfora de la sociedad en la que nos asfixiamos apretados por el vacio, el silencio del hombre lobo, consumidos en nuestros propios sueños de hombre moderno que rinde y paga tributo de aislamiento, en sus jaulas de oro, al miedo, al odio a la muerte.
Observo y observo, lugares nuevos, gente desconocida, sombras húmedas, calles oscuras, barrios impregnados de olores y formas desconocidas en días grises que como en un fundido en blanco y negro, da paso al nuevo mundo encerrado de grillos en grilleras del que nadie escapa al abandono de los sentimientos y la alegría.
Y mientras tomo la taza y doy un trago a mi café ya frio, pienso que este es el concepto de seres humanos; monigotes, figuras de barro, san benitos de papel arrugado, fragiles e inestables, tensos e inconformistas, misteriosos esperpentos, ansiosas promesas irónicas de vida espiritual en un paraíso soñado.
Patética invención, pienso, creación de una mente diabólica y retorcida que vista desde la defensa de los cristales de mis gafas empañadas por el vaho del aliento en esta silla de enea, madera y hierro, entre el aroma del café recién hecho, el entre chocar de las tazas, el humo del tabaco que detesto, y una puerta giratoria de cristal esmerilado que rechina y se queja  en cada vuelta, cada vez que entra alguien o sale.
Y afuera llueve sobre el asfalto mojado en el que se reflejan cristales plateados de farolas encendidas, parábola del mar que tanto añoro desde esta estepa helada que es mi vida entre cafés ahora vacio, caminar sin rumbo ni destino, pensar en el vacío y llevar el silencio a tu lado. 
Angel Utrera. (Desde Madrid, mientras espero....)          









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