MIRADAS DE UN AEROPUERTO.
La espera en un aeropuerto
cualquiera del mundo, supone desgranar hora tras hora esperando, intentando no
sucumbir al tedio, resistiéndote entre el aburrimiento y las horas muertas
mientras observas distraído el ir y venir incombustible de miles de ilustres
desconocidos que arrastran sus pertenencias más necesarias en estúpidas maletas
móviles de colores y todas las formas y tamaños inimaginables, como yo, viajeros del tiempo y el espacio, a
la espera de un destino, mientras miras y remiras pantallas en blanco y negro
que indica en señales parpadeantes que tu vuelo se ha retrasado, nuevamente,
con la mosca ya detrás de la oreja y siempre desconfiado de las miles de
huelgas y paros técnicos que hoy en día han convertido al viajero en un rehén
de incalculable valor de ayudantes de cabinas, pilotos, controladores, o
vigilantes de cualquier orden después de dos horas interminables de demora y
demora, sin ninguna otra explicación que la maldita imagen parpadeante de la
pantalla; retrasado.
Las caras de aburrimiento consumado
y cansancio es moneda de cambio en los zombis viajeros que deambulan por las
salas de espera y pasillos interminables que tan solo te conducen a la nada mas
absoluta, puertas y puertas cerradas, imposibles de abrir, y al otro lado el avión
que supuestamente te llevará al paraíso.
A mi lado pasan jóvenes con
enormes mochilas, riendo desenfadados, cargando sobre sus hombros no solo estas
mochilas, sino el peso de su juventud, y las ilusiones de sus pocos años, que
les hace siempre suponer un futuro mejor de Alicia en el País de las
Maravillas.
Pasan mujeres con camisetas de
tirantes desembarcadas de otros vuelos llegados del cálido verano tropical, y
abandonadas aquí en esta espera eterna de fríos del norte, glaciales
desconocidos de hielos eternos, en estado de shock permanente y las pierdo
detrás de este continuo abrir y cerrar de puertas correderas que automáticamente
se abren ante nosotros.
Observo figuras enjutas, sombras
de la diáspora, cuerpos translucidos, enormes, gordos, transparentes porque no
representan nada para mí que lo desconozco todo sobre ellos, por lo que me
subrogo el don de suponer lo que me venga en gana sobre sus tristes vidas, sus
tristes miradas, sus gestos cansados, y sus cuerpos sudorosos que transpiran y que
apenas arrastran detrás de una maleta desnortada, caminando enfebrecidos,
deprisa, con esa prisa viciada de tics y nerviosismo en el que se te va la vida,
para llegar a ninguna parte.
Gente, gente y más gente, a mi
alrededor y por todas partes, solo veo gente desconocida, que cruzan su mirada
con la tuya, pero no ven, no nos vemos porque
todos somos invisibles, sombras inmateriales de la espera, adornos de un
aeropuerto cualquiera perdido, en una gran ciudad, moderna de hierro y cristal,
acero y cemento de nuestra contracultura moderna, fundido en negro, bella sin
alma deambulando hacia el futuro del que carecemos la mas mínima esperanza de
encontrarlo, y encontrarnos más a gusto que del pasado del que escapamos, animas
en pena que lleva el diablo.
Contradicciones, y estupideces de
esta vida moderna que vendemos y compramos.
Esto es el universo inmenso,
insoldable, inagotable, desconocido, real e inventado como la vida misma,
escaparate del todo y nada, de un aeropuerto, ventanas al cielo, y boquetes al
infierno en el que te sumergen y esperas, te aburres y esperas, te levantas y
esperas, te sientas y esperas, conversas y esperas, miras y esperas, siempre es
lo mismo; esperar de millones de personas aquí y ahora y en cualquier parte del
mundo mundial, de esta aldea global de mierda en donde ya nada es nuevo, ni
deferente, porque todo se copia y se fotocopia llevándolo en una tarjeta de
memoria de nuestros móviles, de un a otro confín del planeta, en cuestión de
segundos, de horas o de días, tanto da.
Esperar y esperar y esperar
aunque no quieras, consumir horas muertas, agotar y peerder el tiempo y
perderse en el vacio de esperar y no hacer nada.
Gente igual y diferente, de color
distinto y lenguas extrañas, de culturas y razas distantes, diversas,
desconocidas pero semejantes, habitantes solidarios de un mundo extraño al que
regresamos o del que escapamos como fugitivos huraños.
duerme, mientras a su lado una mujer de color conversa animadamente con alguien
a través de su móvil y sonríe de cuando en cuando.
Un chaval con sudadera negra se cubre la cabeza
a pesar del calor de la sala, que obliga a la mayoría de los desesperados como
Yo, que esperamos indulgencia plenaria de nuestra compañía aérea, a estar en
mangas de camisa. Parejas con niños de la mano, o en carrito de ruedas, o sobre
el pecho en cómodo transporte junto al corazón del padre o de la madre. Niños
corriendo, niños jugando en este microcosmos con la misma indiferencia del
anciano que camina lentamente, marabunta de personajes en busca de autor,
embrujo y hechizo de vida malgastada mientras esperas en este ninguneo de idas
y venidas de caos organizado, del todo o nada, que es un aeropuerto cualquiera
en el que la vida se te escapa detrás de una tarjeta de embarque en un vuelo
con destino a ninguna parte, pero que anhelas.
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