martes, 1 de octubre de 2019

MIRADAS DE UN AEROPUERTO.



MIRADAS DE UN AEROPUERTO.-

La espera en un aeropuerto cualquiera del mundo, supone desgranar hora tras hora esperando, intentando no sucumbir al tedio, resistiéndote entre el aburrimiento y las horas muertas mientras observas distraído el ir y venir incombustible de miles de ilustres desconocidos que arrastran sus pertenencias más necesarias en estúpidas maletas móviles de colores y todas las formas y tamaños inimaginables,  como yo, viajeros del tiempo y el espacio, a la espera de un destino, mientras miras y remiras pantallas en blanco y negro que indica en señales parpadeantes que tu vuelo se ha retrasado, nuevamente, con la mosca ya detrás de la oreja y siempre desconfiado de las miles de huelgas y paros técnicos que hoy en día han convertido al viajero en un rehén de incalculable valor de ayudantes de cabinas, pilotos, controladores, o vigilantes de cualquier orden después de dos horas interminables de demora y demora, sin ninguna otra explicación que la maldita imagen parpadeante de la pantalla; retrasado.

Las caras de aburrimiento consumado y cansancio es moneda de cambio en los zombis viajeros que deambulan por las salas de espera y pasillos interminables que tan solo te conducen a la nada mas absoluta, puertas y puertas cerradas, imposibles de abrir, y al otro lado el avión que supuestamente te llevará al paraíso.
A mi lado pasan jóvenes con enormes mochilas, riendo desenfadados, cargando sobre sus hombros no solo estas mochilas, sino el peso de su juventud, y las ilusiones de sus pocos años, que les hace siempre suponer un futuro mejor de Alicia en el País de las Maravillas.  



Pasan mujeres con camisetas de tirantes desembarcadas de otros vuelos llegados del cálido verano tropical, y abandonadas aquí en esta espera eterna de fríos del norte, glaciales desconocidos de hielos eternos, en estado de shock permanente y las pierdo detrás de este continuo abrir y cerrar de puertas correderas que automáticamente se abren ante nosotros.

Observo figuras enjutas, sombras de la diáspora, cuerpos translucidos, enormes, gordos, transparentes porque no representan nada para mí que lo desconozco todo sobre ellos, por lo que me subrogo el don de suponer lo que me venga en gana sobre sus tristes vidas, sus tristes miradas, sus gestos cansados, y sus cuerpos sudorosos que transpiran y que apenas arrastran detrás de una maleta desnortada, caminando enfebrecidos, deprisa, con esa prisa viciada de tics y nerviosismo en el que se te va la vida, para llegar a ninguna parte.

Gente, gente y más gente, a mi alrededor y por todas partes, solo veo gente desconocida, que cruzan su mirada con la tuya, pero no ven,  no nos vemos porque todos somos invisibles, sombras inmateriales de la espera, adornos de un aeropuerto cualquiera perdido, en una gran ciudad, moderna de hierro y cristal, acero y cemento de nuestra contracultura moderna, fundido en negro, bella sin alma deambulando hacia el futuro del que carecemos la mas mínima esperanza de encontrarlo, y encontrarnos más a gusto que del pasado del que escapamos, animas en pena que lleva el diablo.
Contradicciones, y estupideces de esta vida moderna que vendemos y compramos.


Los paneles a lo suyo, siguen en verde y rojo, anunciando vuelos, indicando embarques, puertas de salida del tedio y la espera, retrasos, cancelaciones, números de puertas, números de vuelo, destinos, llegadas y salidas.









Y aquí y allá, carreras, besos, abrazos, lágrimas de despedidas, gente que conversa, gente que se despide, gente que se reencuentra,  gente que guarda silencio, gente que lee un libro, pocos, gente que bebe un refresco, gente que come algo, gente que pasea, gente que mira, gente que duerme aburrida, gente que mira su móvil, gente que manda wassap y mensajes y que gracias a las nuevas tecnologías no se sienten tan solos.

Esto es el universo inmenso, insoldable, inagotable, desconocido, real e inventado como la vida misma, escaparate del todo y nada, de un aeropuerto, ventanas al cielo, y boquetes al infierno en el que te sumergen y esperas, te aburres y esperas, te levantas y esperas, te sientas y esperas, conversas y esperas, miras y esperas, siempre es lo mismo; esperar de millones de personas aquí y ahora y en cualquier parte del mundo mundial, de esta aldea global de mierda en donde ya nada es nuevo, ni deferente, porque todo se copia y se fotocopia llevándolo en una tarjeta de memoria de nuestros móviles, de un a otro confín del planeta, en cuestión de segundos, de   horas o de días, tanto da.

Esperar y esperar y esperar aunque no quieras, consumir horas muertas, agotar y peerder el tiempo y perderse en el vacio de esperar y no hacer nada.


Gente igual y diferente, de color distinto y lenguas extrañas, de culturas y razas distantes, diversas, desconocidas pero semejantes, habitantes solidarios de un mundo extraño al que regresamos o del que escapamos como fugitivos huraños.
Un pasajero de verde con su gorra haciendo juego y su barriga cervecera como carta de presentación  hablando a voces. Una chica con mochila de colores y pegatinas de viajes anteriores, con sus cascos sobre los oídos que 


duerme, mientras a su lado una mujer de color conversa animadamente con alguien a través de su móvil y sonríe de cuando en cuando.


Un  chaval con sudadera negra se cubre la cabeza a pesar del calor de la sala, que obliga a la mayoría de los desesperados como Yo, que esperamos indulgencia plenaria de nuestra compañía aérea, a estar en mangas de camisa. Parejas con niños de la mano, o en carrito de ruedas, o sobre el pecho en cómodo transporte junto al corazón del padre o de la madre. Niños corriendo, niños jugando en este microcosmos con la misma indiferencia del anciano que camina lentamente, marabunta de personajes en busca de autor, embrujo y hechizo de vida malgastada mientras esperas en este ninguneo de idas y venidas de caos organizado, del todo o nada, que es un aeropuerto cualquiera en el que la vida se te escapa detrás de una tarjeta de embarque en un vuelo con destino a ninguna parte, pero que anhelas.

     (Aeropuerto de Luton (Londres), 6-9-2019, rumbo a Helsinki).

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