TRILOGIA DE LA LUZ. (CORDOBA-SEVILLA Y MALAGA Y UNA MAS QUE ES GRANADA..

imposible decidirme por esta o aquella, por supuesto
sin olvidarme de Granada, tierra de las maravillas, punto y aparte que para mí
merece apartado especial por lo que significó en mi infancia, pero de la que en
esta ocasión no voy a contar nada porque no pudimos ir a visitarla en este
viaje y que Cádiz también existe, y nada menos que con el Puerto de Santa María,
la tierra que me vio nacer.
Tan solo diré, como de pasada,
que Granada es y será siempre para mí; Aprender a montar en bicicleta
haciéndole carreras al viento por las tortuosas callejuelas del Zacatín, a la
sombra de la Catedral. La calle Elvira jugando a policías y ladrones. El aroma
dulzón y embriagador de los jazmines las noches de verano, entre mosquitos y la
televisión en blanco y negro en el salón y nosotros, niños y grandes en el
jardín de las vacaciones, mirando tal vez, Bonanza, o el Llanero solitario, o
como el hombre ponía por primera vez el pié en la Luna.
Granada es aguas de fuentes secas
en verano y de las que colgaban carámbanos
de hielo, "caramelos", en los inviernos más crudos con aquella
blancura de la fábrica de hielo, que lo impregnaba todo de sabañones y aliento
en nube condensada al respirar cuando corremos por los jardines del Triunfo
mientras los tranvías de Albolote y Aracena chirrían en la distancia.
Pero hoy no toca recordar aquel
niño de orejas espantadas y pantalones cortos que corría como loco con sus
zapatos gorila recién estrenados sacando fotos y fotos con su cámara kodac
instamatic, de carretee en blanco y
negro.
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Para mi Córdoba resulta un pueblo
grande por antonomasia, que brota como un hongo en el otoño al calor de los
salmos y rezos de su Mezquita bañada por el Guadalquivir que serpentea entre
oscuros callejones, que huelen al azahar de los naranjos en flor, entre
ventanas con celosía y rejas forjadas en hierro noble y patios de misterios,
susurros, requiebros y mal de
amores donde los chorros de agua besan
la piedra que esconde la tierra cuarteada y sedienta del emparrado de los
jazmines y las biznagas que se pelean cuerpo a cuerpo abrazadas en un beso por
el azul del cielo, mientras el frescor del agua resbala sobre el mármol de mil
colores en los veranos de ardores y sol de a plomo.
Córdoba es la plaza del Potro, y
las Tendillas que preside sobre su caballo el Gran Capitán de cabeza de
escayola; Gonzalo Fernandez de Córdoba, de triste recuerdo en Flandes, y la
plaza de rojo y piedra de la Corredera, de típica construcción Castellana, y el
Cristo de los Faroles; siempre con clavo en las manos, siempre por desenclavar,
canción del pueblo andaluz que todas las primaveras anda pidiendo escaleras
para subir a la cruz, como recita el poema, en la canción que popularizó Serrat.
Córdoba es todo eso y más, mucho
mas, muchísimo mas. Son los pasos rumorosos y la silenciosa elegancia de sus
callejones tortuosos, torcidos y retorcidos buscando el imposible y mucho mas
encorsetado de blanco y sombra para escapar de los calores del verano en el que
se achicharan hasta las cucarachas, calor que te coge por la garganta y te ahoga entre el rasgueo de las guitarras,
los sombreros cordobeses y las palmas al compas de los lamentos del cante, del
taconeo y el vuelo de las batas de gitana con lunares de colores.
Abderramán III, Alhaken II,
Almanzor, el mismo que perdió su tambor en la batalla de Calatañazor, siglos y
siglos de historia, que hacen de la Mezquita algo único, inigualable, y
patrimonio de la humanidad, aunque ahora la iglesia Católica se quiera apoderar
y apodere de su simbolismo, de su carga de espiritualidad y de su explotación
comercial, como centro de turismo. Cosas de esta aldea global de mierda que nos
domina, ya se sabe.
De Málaga, recuerdo que cuando regresábamos
subiendo las curvas interminables de los montes, camino de Loja y Granada, un
poco antes de la fuente de la Reina, mi padre nos recitaba aquel entrañable;
Adiós Málaga la bella
tierra de la morería
con tus dos mil quinientas tabernas
y una sola librería.
Cuentos que mi abuela; Mama María, nos contaba
después de varios achuchones, muchos Ays¡¡¡.Que niño más guapo y que bueno,
aunque están muy delgados, estos niños comen poco y besos húmedos, que nos
dejaban entre asco y asco, la cara pringada de saliva. Todo un ritual, y
siempre lo mismo, repetido en cada visita con mis padres.
Aquella casa se arropaba y envolvía
dulcemente, como ya dije, en el olor de la coliflor hervida y el bacalao salado
rancio, colgado en las ventanas de las galerías al fresco de Málaga, las
neveras eran por aquel entonces una barra de hielo metida en un armario, que lo impregnaba todo de miseria y pobreza,
envolviendo mis recuerdos con un papel de celofán nauseabundo de tristeza y
podredumbre, de suciedad y ruina, en unos tiempos de postguerra y hambre aún no
superada a pesar del tiempo malgastado desde su final.
Málaga es también Calle Larios, y
el Cenachero con sus cestos cargados de sardinas, las biznagas que vendían las
gitanas, los sonido de la feria y sus caballos, las mujeres con traje de gitana
y flores en el pelo y las peinetas, el Copo en las arenas del palo cuando
llegaban los barcos y los hombres tiraban de las redes hacia la orilla para
descargar el pescado, el rio Guadalhorce y su cauce seco y el café de Chinitas,
en el pasaje del mismo nombre, donde
Federico Garcia Lorca sitúa su poema:
En el café de Chinitas
dijo a Paquiro un hermano:
soy más valiente que tú
mas torero y mas gitano.
En el café de Chinitas
dijo a Paquiro un Frascuelo:
Soy más valiente que tu
mas gitano y mas torero.
Sacó Paquiro el reló
y dijo de esta manera:
Este toro ha de morir
antes de las cuatro y media.
Al dar las cuatro en la calle
se salieron del café
y era Paquiro en la calle
un torero de cartel.
Lo recuerdo, recuperando,
entre la nebulosa de mi mala memoria, entre los olvidados y los que se
perdieron para siempre, su imagen, como un tipo alto, muy alto para un niño de
apenas cinco años que lo veía de tanto en tanto, cuando nos llevaban mis
padres, a la vieja casa de Calle Cerrojo, en el barrio del Perché, y más tarde
a la casa nueva, que nunca les gustó, porque decían estaba en las afueras, en
los montes y por allí solo pasaban las cabras.
Y lo recuerdo en las
conversaciones a media voz de mis padres para que no nos enteráramos los niños,
mientras el seiscientos aquel se desparramaba por las curvas de la cuesta de la
Reina, camino de Córdoba, luego el Gordini y al final el mil quinientos; coches
que iban poniendo en valor el progreso y mejora económica de mis padres y su
familia año tras año, a base de esfuerzo. Servicio y sacrificio como decía él:
La vida es servicio y sacrificio.
En Málaga es necesario aprender a
pedir un café antes de abrir la boca ante el camarero porque primero tienes que
decidir si lo que quieres es:
Y sobre todo hay que aprender a
escuchar para descifrar lo que se dice,
como se dice y porque se dice, porque por mucho que se quiera aquí se habla un
idioma que aunque dicen que es el Español, es el de Málaga, y no se parece a
nada.
Conversación en un autobús tres
mujeres de cierta edad;
-A ve si le dice duna ve a tu marío que se pase po el tallé a recogé la
amoto.
-Digo, que tíe tela la cosa,
-Digo. Que va criá gamusinos. Que é mas flojo el puñetero.
Pueblos que vegetan, duermen la
siesta, palpitan y como pompas de jabón explotan bajo el sol abrasador de la
costa, sobre la sierra de Almijara, aquella misma que camino de Almería,
bombardeaban los cañones fascistas en el año treinta y seis, después de la toma
de la Capital, durante la conocida "Desbanda" , dejando un reguero
negro y rojo, como hormigas pisoteadas, de mujeres enlutadas, ancianos y niños.
Pueblos como; Frigiliana, Totalan,
Velez, Torrox, Algarrobo, Alcaucin, Periana, y tantos otros que enamoran y se
dejan enamorar mientras se sumergen en este letal letargo del Málaga que también
existe más allá del turismo de Marbella y Torremolinos, Mijas y la Costa del
Sol.
Y se pelean entre ellos por salir
de mis sombras y olvidos ellos son mis primeros recuerdos, los infantiles, los
de verdad, los que guardo como un tesoro en el baúl de las estimas y cariños,
llenas de telas de araña y polvo acumulado año a año, con el mismo esfuerzo del
que se va haciendo mayor cada día, mis amigos y enemigos inevitables. No son de
gente, ni de personas, son de cosas y colores, de geranios colgados detrás de
verjas negras de forja de fuego al rojo vivo, carbón y martillo de fragua y herrero, son de agua de fuentes que bajan del
Albaicín, y se mezclan con el Darro junto a los muros de barro de la Alhambra
en las noches de Granada. Aguas de fuentes secas en verano y de las que se
escapaban carámbanos de hielo,
caramelos, en los inviernos más crudos con aquella blancura de la fábrica de
hielo, que lo impregnaba todo de sabañones y aliento en nube condensada al
respirar cuando corremos, son de patios del barrio de los naranjos y el
Guadalquivir embarrado por las riadas, escapándose bajo los puentes romanos a los pies del tío
aquel de a caballo con su cabeza de escayola blanca y armadura cagada de
palomas, las Tendillas, el Gran Capitán, la Mezquita sagrada, Córdoba callada,
y la voz de mi padre recitando Feria de Jerez; rumbo y elegancia de esta raza
vieja que gasta diez duros en vino y almejas vendiendo una cosa que no vale
tres... y el Piyayo.
Mi Andalucía, mi tierra, la misma
atrapada en los versos del poeta Manuel Machado;
Cádiz, salada claridad; Granada
agua oculta que llora.
Romana y mora, Córdoba callada.
Málaga cantaora.
Almería dorada.
Plateada Jaén. Huelva, la orilla
de las tres carabelas......
Y Sevilla.
Que vas a escribir de su Torre
del Oro, que no es de oro, de su plaza de
la Maestranza, donde se inventaron los toros, y el arte del toreo como
les gusta decir a los entendidos?.
De Sevilla era la rama
"rica" de la familia de mi abuelo.
De ellos nos contaba mi abuela, Mama Sofía, algunas veces y bajando la
voz para que nadie la pudiera escuchar, mientras se persignaba dos, tres veces,
sacando del pozo oscuro de su amargo pasado sus recuerdos más tristes de la
guerra; El miedo, el hambre, el frío, las bombas y los "moros"
entrando en Málaga y de como mi abuelo se había salvado gracias a que su
hermano, Falangista y Requeté, y al parecer de peso, entre las tropas
fascistas, en Sevilla, recorrió las cárceles de Málaga hasta dar con él, y
sacarlo libre, al enterarse de que había sido detenido y condenado a muerte.
La rama Sevillana de la
familia de mi abuelo, era y fue siempre la de los "Señoritos", los
ricos, en tanto la Malagueña, era la obrera, los pobres, los parias, ni más ni
menos que la representación de aquellas dos Españas de Machado, la de helarte
el corazón.
Mi abuela durante un tiempo
envió a mi madre a casa de su cuñada, a Sevilla, pensando con la razón de una
madre, que a lo mejor allí se labraba mejor futuro en casa de la "Tía
Paqui". Años después la visitaríamos en Madrid, en el Asilo donde estaba
recluida y sola, y donde acabó sus días. Pero mi abuelo, Papa Pedro, al cabo de
un tiempo la mandó volver, porque entendía que la familia tenía que estar y
permanecer juntos, y que ni hablar de que mi madre fuera a criarse con otros
fuera de su casa.
Hoy redescubro, mientras
paseamos bajo un paraguas, porque llueve a mares aunque no lo creáis, (me
contaron que no caía una gota desde Marzo y estamos a finales de Noviembre,
aunque aquí el Otoño no se siente, y digo Yo que nos está cayendo todo el agua
acumulada a calderos y de golpe), esta inmensa ciudad abierta a esa luz que
duele, preñada de reflejos y colores, de amplias avenidas y calles como un
entuerto, retorcidas que surgen de cuentos árabes de mil y una noche perdidas
en los tiempos de esplendores pasados y que nos habla a gritos del fetiche de
sus santos, de sus cristos, de sus cruces multicolores, de sus vírgenes
veneradas en los rincones entre flores y faroles sobre paredes encaladas;
fervor religioso o superchería barata de nazarenos y procesiones de Semana
Santa, preludio de la Feria de Abril donde se desborda exageradamente, como en
todo, la alegría, la música, la fiesta, los caballos, las guirnaldas y el
encanto de las flores.
Como decía mi madre;
"es que los Sevillanos son muy apretaos para todo.". Fuego y pasión
en cuerpo y alma en todo y para todo, por algo
dicen que Sevilla tiene algo especial, y sabe a eso, desde luego Sevilla
es todo y mucho mas.
Angel Utrera.
Noviembre de 2019.
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