EL CORAZON DEL BOSQUE.

Camino despacio. Bajo mis pies, la hojarasca susurra antiguas historias, y cada paso despierta un crujido leve, como si el bosque respirara a través de las hojas caídas.
El silencio habita aquí, pero no es ausencia: es una presencia suave, un manto invisible que envuelve la luz, los reflejos, el agua y los sueños. Entre las ramas entrelazadas, tejedoras de sombra y de cielo, se filtran hilos dorados que descienden lentamente hasta besar la humedad callada del sendero.
La tierra guarda el frescor de la noche y el aroma profundo de todo cuanto vive sin prisa. A un lado, un pequeño arroyo murmura. No habla con palabras, sino con destellos. Su voz transparente se desliza entre piedras dormidas, y en cada remolino parece guardar un secreto que sólo entiende el corazón tranquilo.
La luz juega sobre el agua, se rompe, se reúne, se transforma en espejos fugitivos donde el bosque contempla su propio rostro. Y en el centro de todo, más allá de los troncos, más allá del rumor del agua, late el corazón del bosque.
No se ve. Se siente. Es una pulsación antigua, un ritmo sereno que acompasa el vuelo de los pájaros, el crecimiento de los musgos, la caída silenciosa de una hoja. Aquí la paz no se busca: simplemente sucede.
El alma, despojada de ruido, encuentra el lugar donde descansar. Los pensamientos se vuelven ligeros, como niebla suspendida entre los árboles, y uno recuerda, sin saber por qué, quién es realmente. En el horizonte el otoño comienza a dibujarse. Todavía es una promesa, un matiz cobrizo entre los verdes, una lenta despedida de la luz estival. Los árboles lo presienten y guardan silencio.
Todo parece esperar. Y sin quererlo el caminante continúa. Avanza por la senda húmeda, entre sombras y reflejos, mientras el día se vuelve más suave y los sueños comienzan a mezclarse con la realidad del bosque. Poco a poco, sin darse cuenta, se pierde en ellos. No con extravío, sino con entrega.
Como una hoja que sigue la corriente. Como un reflejo que se abandona al agua. Como una brizna de luz que se desvanece entre las ramas. Y entonces comprende que el silencio no está en el bosque. El bosque está dentro del silencio. Y en esa quietud profunda, entre el murmullo del arroyo, la fragancia de la tierra húmeda y el lento anuncio del otoño, encuentra por fin la armonía de estar consigo mismo, mientras el corazón del bosque late en el suyo.

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