MORIR DE MIEDO, VIVIR EL MIEDO.
MORIR DE MIEDO, VIVIR EL MIEDO.
Vivimos tiempos extraños en una
aldea global en continua contradicción consigo mismo, en la que corremos en
procura de aquello de lo que abominamos, como monigotes, marionetas cuyos hilos
manejan otros ocultos entre bambalinas de terciopelo rojo sobre un escenario cualquiera de un de esos viejos
teatros en peligro de extinción.
Claro que jugamos con ventaja,
porque sabemos de antemano que este terror, es escénico, es de mentira, es una ficción,
algo irreal para pasar el rato delante de una pantalla de cine, o televisión un
par de horas, algo mas si tenemos la suerte de dar con una buena novela, que también
como las "meigas; habelas hainas, que te matan de miedo y son y dan miedo.
Y así sufrimos y disfrutamos con
el personaje de esa mujer que violada,
persigue a su violador, y cree reconocerlo en cada uno de los hombres con los
que se encuentra en calles solitarias, al volver cada esquina. O nos encerramos
a cal y canto por la noche, literalmente muertos de miedo, adivinando en cada
sombra la maldad de un asesino maquiavélico y cruel que acuchilla sin ton ni
son a sus víctimas con ojos inyectados en sangre, y manos preñadas de afilados
puñales con los que destrozar las
entrañas de cualquier inocente que se cruza en mala hora en su camino.
Sacamantecas y hombres del saco de nuestra infancia transformados hábilmente por
la técnica y los medios audiovisuales en asesinos en serie, sin escrúpulos ni
remordimientos.
Y no hablemos de la capacidad de
algunos de moverse como pez en el agua en el terror psicológico de los
desalmados, que son capaces de paralizarnos y dejarnos sin capacidad de
reacción, o del miedo que llega de ultratumba con los muertos vivientes, el
miedo a lo desconocido, a los extraterrestres, hombrecillos verdes, o bestias
feroces capaces de bebernos la sangre como un Dracula cualquiera, un Nosferatu
llegado de las tinieblas y los infiernos, o un Frankestein surgidos de las
manos de un sabio loco, capaces de los aquelarres mas insospechados, porque
siempre la realidad es capaz de superar a cualquier ficción.
Buscamos, añoramos y pagamos por
sentir este tipo de miedo, pero ojo, que diferente seria si nos ofrecieran el
miedo cotidiano; el de la soledad, el de las calles solitarias y oscuras en los
inviernos húmedos en nieblas pintados, el de nuestra realidad y fracasos,
nuestro miedo compañero de viaje al que no podemos engañar, y del que tampoco
podemos librarnos apagando con el mando a distancia la televisión, el de la
mentira, la traición y el engaño, el miedo del desamor, del abandono, de la
nada real .

Buscamos emociones fuertes, de
esas que nos inyectan adrenalina en nuestro torrente circulatoria, no en balde es una de nuestras drogas preferidas, y
legales para más hinrri; y para alcanzarlas incluso pagamos. Si, como suena,
pagamos porque nos hagan sufrir horrores, porque nos creen terrores, porque nos
hagan sentir miedo, pánico o temor, y sin duda alguna el éxito de esa obra terrorífica
pasa porque el espectador literalmente "se cague de miedo".
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