lunes, 23 de enero de 2017

MORIR DE MIEDO, VIVIR EL MIEDO.

 MORIR DE MIEDO, VIVIR EL MIEDO.
Vivimos tiempos extraños en una aldea global en continua contradicción consigo mismo, en la que corremos en procura de aquello de lo que abominamos, como monigotes, marionetas cuyos hilos manejan otros ocultos entre bambalinas de terciopelo rojo sobre un  escenario cualquiera de un de esos viejos teatros en peligro de extinción.
Habrá mayor sin sentido que gozar del miedo? . Vivir el miedo?. Morirse de miedo?
Buscamos emociones fuertes, de esas que nos inyectan adrenalina en nuestro torrente circulatoria, no en balde  es una de nuestras drogas preferidas, y legales para más hinrri; y para alcanzarlas incluso pagamos. Si, como suena, pagamos porque nos hagan sufrir horrores, porque nos creen terrores, porque nos hagan sentir miedo, pánico o temor, y sin duda alguna el éxito de esa obra terrorífica pasa porque el espectador literalmente "se cague de miedo".
Claro que jugamos con ventaja, porque sabemos de antemano que este terror, es escénico, es de mentira, es una ficción, algo irreal para pasar el rato delante de una pantalla de cine, o televisión un par de horas, algo mas si tenemos la suerte de dar con una buena novela, que también como las "meigas; habelas hainas, que te matan de miedo y son y dan miedo.
Y así sufrimos y disfrutamos con el personaje de  esa mujer que violada, persigue a su violador, y cree reconocerlo en cada uno de los hombres con los que se encuentra en calles solitarias, al volver cada esquina. O nos encerramos a cal y canto por la noche, literalmente muertos de miedo, adivinando en cada sombra la maldad de un asesino maquiavélico y cruel que acuchilla sin ton ni son a sus víctimas con ojos inyectados en sangre, y manos preñadas de afilados puñales con los que destrozar  las entrañas de cualquier inocente que se cruza en mala hora en su camino. Sacamantecas y hombres del saco de nuestra infancia transformados hábilmente por la técnica y los medios audiovisuales en asesinos en serie, sin escrúpulos ni remordimientos.

Y no hablemos de la capacidad de algunos de moverse como pez en el agua en el terror psicológico de los desalmados, que son capaces de paralizarnos y dejarnos sin capacidad de reacción, o del miedo que llega de ultratumba con los muertos vivientes, el miedo a lo desconocido, a los extraterrestres, hombrecillos verdes, o bestias feroces capaces de bebernos la sangre como un Dracula cualquiera, un Nosferatu llegado de las tinieblas y los infiernos, o un Frankestein surgidos de las manos de un sabio loco, capaces de los aquelarres mas insospechados, porque siempre la realidad es capaz de superar a cualquier ficción.
Buscamos, añoramos y pagamos por sentir este tipo de miedo, pero ojo, que diferente seria si nos ofrecieran el miedo cotidiano; el de la soledad, el de las calles solitarias y oscuras en los inviernos húmedos en nieblas pintados, el de nuestra realidad y fracasos, nuestro miedo compañero de viaje al que no podemos engañar, y del que tampoco podemos librarnos apagando con el mando a distancia la televisión, el de la mentira, la traición y el engaño, el miedo del desamor, del abandono, de la nada real  .

El miedo de ficción es reconfortante, estimulante y para algunos incluso necesario, si, pero tan solo porque sabemos que es de mentira, muy diferente sería si esta fantasía se transformara en nuestra realidad cotidiana.
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