
De casa de mi abuela bajaba una
escalera de madera apolillada y barandilla lustrosa a la que le faltaba algún
que otro tramo que se había ido quedando por el camino del tiempo y
abrillantada
las miles de manos sucias
que a ella se agarraban penosamente día tras día.
Casa que desde luego ya no existe
porque derribaron hace años aquel edificio de patio de comadres con pozo y lavadero en el medio, para construir
uno de esas nuevas edificaciones impersonales, pero a mucho mejor precio para
el constructor, ya sabemos lo de la famosa burbuja; edificios impersonales, de muchísima
mejor calidad, pero mayores beneficios, sobre todo si está en el centro de la
ciudad.
Aquella casa se arropaba y envolvía dulcemente
en el olor de la coliflor hervida y el bacalao salado rancio, colgado en las
ventanas de las galerías al fresco de Málaga, las neveras eran por aquel
entonces una barra de hielo metida en un armario,
que lo impregnaba todo de miseria y pobreza,
envolviendo mis recuerdos con un papel de celofán nauseabundo de tristeza y podredumbre,
de suciedad y ruina, en unos tiempos de postguerra y hambre aún no superada a
pesar del tiempo malgastado desde su final.

Francamente para no mentir he de
reconocer que ni a mí ni a ninguno de mis hermanos nos gustaba demasiado ir a
casa de mi abuela, en Calle Mosquera, fundamentalmente y visto desde la
perspectiva del
paso de los años y con
la inocencia de aquellos niños entre los que estaba Yo mismo, porque mi abuela
era tremendamente besucona y nos llenaba la cara de saliva y babas que nos
limpiabas disimuladamente con el dorso de la mano sin que nadie nos viera, con
asco y repulsión a aquellas efusiones de cariño rancio y vejez, con aquellos
suyos besos sonoros, apretujones y gritos de alegría que llenaban el
patio de vecinas en las ventanas para ver la
llegada de sus nietos, y su hijo mayor, naturalmente, mi padre, al que siempre
acogía con besos y abrazos y siempre despedía con reproches por haberse casado
con aquella mujer, mi madre claro,
(a mi
madre nunca la quiso bien, por cierto, tal vez por verla poca cosa, o por
celos, o porque se lo quitó, ya que mi padre había sido su sustento incluso
antes de la muerte de mi abuelo, y como mayor que era había ayudado a sacar
adelante una familia de siete hijos, lo que no resultaba nada raro en aquellos
tiempos).

Aquel piso, viejo, destartalado,
lleno de olores extraños, es curioso que entre mis recuerdos sobresalga el de
una desconchada olla de aquellas de porcelana, siempre en el fuego, cocina de
hierro alimentada con carbón, hirviendo y borboteando un humo extraño de olor
desagradable y agrio, un puchero de garbanzos, del que saqué este vicio mío por
la "pringá", suciedad y sombras era la casa de mi abuela María;
"María Cañizares", porque mi abuelo Manolo había muerto hacía años, y
su recuerdo para mi es algo borroso, tan solo de un diente de oro que brillaba
al reír con aquella suya risa limpia y franca, el olor a vino agrio de la
taberna donde trabajaba, entre enormes toneles, cabezas de toros disecadas, y
amarillentos carteles colgados en las paredes, donde se podía leer tal o cual
corrida, y las cuadrillas de toreros de aquel entonces, que venían a la plaza
de toros de Málaga, en los tiempos de la feria, y la perra gorda que siempre
nos daba para que nos compráramos lo que quisiéramos.
Al llegar al primero de sus
cuatro rellanos, en el piso tercero, te enfrentabas con las sombras de un largo
pasillo, que nunca en mis pocos años supe a donde conducía, porque no fui capaz
de vencer el miedo en el que aquella oscuridad absoluta me introducía.

Contaban en susurros y con voz
queda las abuelas de luto permanente y ojos cegados por el blanco de las
cataratas, que allí mismo, en aquel rellano vivía un hombre mal encarado y malvado
que no se trataba con nadie, como no fuera el mismísimo demonio, ya que a veces
salía de su casa un nauseabundo olor a azufre, ni se le conocían mas compañías
que los gatos que a todas horas merodeaban por sus alrededores.

Un viejo huraño y solitario, de
voz aguardentosa y rasgada, de capa sucia y raída, luengas barbas blanquecinas
y andares renqueantes que se apoyaba en un bastón de madera de olivo y cuyos
pasos resonaban en el silencio de la noche, cuando regresaba de sus turbios
negocios, y subía aquellos escalones acompañándose del sonido del bastón sobre
la madera, con cada paso. Al parecer, según mis recuerdos poco fiables, había
sido en sus mejores años cerrajero y su fortuna se torció definitivamente al
verse envuelto en un extraño suceso, muy comentado en los mentideros y patios
de corralas de la época.

Al parecer un peligroso
delincuente permanecía en prisión a la espera de juicio, cuando un caballero
bien trajeado y preocupado en ocultar su identidad, se personó en el establecimiento
de ferralla del susodicho demandando de éste un servicio del que saldría bien
parado y mejor servido, ya que la bolsa que le ofreció como pago superaba
ampliamente el valor del encargo, y hacía sospechar que detrás de aquello había
algo, cuando menos turbio o poco honesto. El caso es que pudo más la codicia
que la prudencia, y presto, se puso con su mejor arte a confeccionar la llave
maestra, que tal era lo que se le encargaba, que al parecer abriría la puerta
de la celda del preso.

Fuera como fuera, el caso es que
de la noche a la mañana el condenado se fugó abriendo limpiamente los candados
y cerraduras de la prisión, por lo que la policía a la sazón, atando cabos dio
con el paradero del cerrajero y allá se presentaron una mañana demandándole
explicaciones, y si había realizado él algún encargo, o si había hecho una llave
especial, últimamente
y para quien, etc.
De aquellas pesquisas y el
interrogatorio subsiguiente no sacaron nada en claro, salvo medias verdades, no
me acuerdo, que se Yo, ni en su casa ni en comisaría donde fue conducido preso,
y bajo acusación de haber facilitado la fuga del condenado.

El caso es que no existir pruebas
contra él, ni testigos, ni fundamentos, finalmente la paciencia de la autoridad
colmada y a punto de rebosar, dio con los huesos de aquel pobre desgraciado
entre rejas con el aviso de que si tan fácil era, como así lo aseguraba salir
de aquella prisión, que lo intentara y quedaría libre.
Sea como fuera la realidad es que
a la tercera noche, aquel hombre ya no durmió
entre rejas, y a la mañana siguiente al ir a darle el desayuno acostumbrado,
los guardias dieron la voz de alarma de que efectivamente se había fugado.
Al parecer con algunos trozos de
alambre que llevaba escondidos entre las ropas, fabricó una ganzúa con la que abrió
cuantas cerraduras le salieron al paso, y así pudo tomar las de Villadiego, y
si te he visto no me acuerdo.

El cuento tal y como lo relataban
las comadres, termina aquí, de lo que pasó después nada dice, ni se sabe, por
lo que hay que suponerlo todo, para empezar
que la historia tenga un mínimo de veracidad, más bien parece una de
esas historias que se contaban en las largas noches de invierno a los niños,
antes de ir a la cama. Quién sabe.
A veces mi padre adornaba la historia
añadiendo, tal vez de su propia cosecha, quizás no, que aquel cerrajero desconocido
había sido nuestra Tatarabuelo.
Claro que haciendo honor a la
verdad tengo que reconocer que la fantasía desbordada y la creatividad de mi
padre rondó siempre el surrealismo de la irrealidad.
Sin embargo hay que reconocerle que su
capacidad narrativa y fantástica imaginación era capaz de conseguir de quien le
prestaba atención, que mientras
escuchábamos
de sus labios alguno de aquellos relatos familiares, estuviéramos seguro de que
por increíble que pudiera ser, aquello había sido, y era tan y como él lo
contaba.
Recuerdo ahora entre sus cuentos
y leyendas, historias más o menos inventadas, o no, la de que aquella famosa
Vedette, que conquistó la nobleza Parisina, y el amor incluso de reyes y príncipes,
Carolina Otero, la famosa "Bella Otero", que había sido engendrada en
algún lugar de Valga (Pontevedra), era realmente una tía abuela nuestra.
Durante años, crecí convencido de
que efectivamente estábamos de uno u otra manera emparentados con aquella
señora que conquistó Europa con su voz y su arte, y algo más que no se puede
decir, hasta que atando cabos, y deshaciendo entuertos, nos metimos en un callejón
sin salida, del que solo era posible salir usando el sentido común y la razón
que nos decía que aquella señora era imposible que tuviera espacio en nuestro árbol
genealógico familiar.
A pesar de todo,
mi padre siguió afirmando que era
familiar nuestro por parte de su madre con quien compartía únicamente apellido,
como prueba de consanguineidad, contra viento y marea. Así era
él, genio y figura. Un artista frustrado, y desde luego un subproducto de ese
ingenio andaluz, que se recrea en el poema "El Piyayo" de Jose Carlos
de Luna, o en aquel otro de Feria de Jerez, creo que de Jose Mª. Peman, que
tanto le gustaban.

Lo cierto es que entre lo oscuro
que aquella galería estaba, los cuentos y misterios de aquel viejo y el terror
al "sacamantecas", que raptaba niños, para abrirlos en canal y
sacarles las tripas que después vendía y llevaba en un saco de arpillera a
vender a la plaza, como si fueran de cordero o cabra, vivíamos en un sin vivir,
y pasar por el hueco de este rellano era toda una aventura que emprendíamos con
pavor, y a la carrera, saltando más que subiendo
los escalones
de dos en dos, todo lo que nos permitían nuestras piernas, mientras mi
madre nos reprendía,- no hagáis tanto ruido, no corráis, no zapateéis......niños,
y mi padre ya estaba arriba apretado entre los brazos de mi abuela, y sus
Ay¡¡¡¡¡¡ desmedidos, casi teatrales, mientras se le escapaba de reojo la
mirada, a ver si ya las vecinas habían asomado a los balcones y empezaban a
morderse las uñas y morirse de envidia, un poquito .
.
(Publicado en la revista "EL SILENCIO ES MIEDO", numero 16 de Noviembre 2018 que editan desde Palencia el colectivo literario elsilencioesmiedo.com).
Para saber mas y conocer la revista o participar en ella se puede consultar el siguiente....
blog.-http://elsilencioesmiedo.blogspot.com/
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