Microrelatos con sabor a sal....Mi madre.
Llegaba en silencio al despacho
aquel de nuestra casa en Cuatro Caminos, encima del viejo cine Cristal y con
vistas a Bravo Murillo y el cine Montijo, y se sentaba allí a mi lado, las
manos entrelazadas sobre el regazo, mirándome de reojo mientras me veía estudiar y preparar mis exámenes, resolviendo supuestos de contabilidad y
matrices de matemáticas financieras, que nunca entendí ni entenderé aunque me
maten.


Anda niña, me decía, vete a ver
si te dan un cuartillo de aceite, un par de huevos y un paquete de achicoria, y
les dicen que te lo fíen, que a principio de semana cuando cobre tu padre, le
pagamos todo.
Tu tía, la tita Pepi, estuvo a
punto de ponerse de novios con un cabrero que bajaba con su rebaño de cabras de
los montes, ya ves tú. La abuela decía que era muy poca cosa, nada, y no la
dejó, que se viera con aquel hombre, nada menos que el Antonio Molina, que
después fue tan famoso por su voz y sus canciones y coplas flamencas, que cosas
tiene la vida, al final se casó con tu tío Carlos, que era bastante mayor que
ella, pero buen hombre.

Y tu abuelo en la cárcel, que si
no es por su hermano que era un falangista de peso en Sevilla, donde mandaban
los militares de Queipo de Llano, lo fusilan, por decir que era socialista, Ya
ves tú, socialista, cuando si había en casa un huevo tenía que ser para él, no
para sus hijas, porque era él hombre y era el que ganaba el jornal y mantenía a
la familia. Socialista, si. Un egoísta y un tirano, es lo que era tu abuelo.

Así era mi madre, y así la
recuerdo; cuando pude escucharla no tenía tiempo, y ahora que me sobra no puedo
oírla y conversar con ella, paradojas y malas jugadas del destino.
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