Despedida.....
Este es un intento de construir un microrelato a dos manos partiendo de un primer párrafo los autores se van intercambiando el texto, y continuando la historia con una u otra visiòn particular mas o menos acertada.
En este caso la historia se construye con Marisa Lozano Fuego y nos vamos intercambiando el papel del protagonista, bajo el paraguas del hilo conductor dela historia que contamos cada uno desde el otro lado de este espejo magico que son los sueños.
Aqui os dejamos pues esta:
Despedida ................
El crepúsculo de los Dioses, pensó con sarcasmo, mientras un rictus de
ironía se asomaba a sus labios, los mismos que ella había besado con pasión
tantas veces aquella noche, saciando en ellos la sed de su cuerpo amado, que se
abrió como flor nocturna a la tibieza placida de la mañana al primer contacto
del abrazo de sus cuerpos desnudos, vencida la vergüenza, rota la ultima
resistencia del miedo y los temores de antaño.
En su cabeza resonaba el eco de cada uno de sus latidos,
palabras susurradas en penumbra, lametazos que le despojaron del tiempo, que
tatuaron con saliva cada una de sus cicatrices....
Ella le había regalado retazos del antes, aquel antes glorioso contruido de anhelos y letras grisáceas, aquel que se prometían en cada letra, en cada ausencia...
Tantos años, se dijo, tantas años escribiéndose cartas, imaginando su cuerpo cimbreante, sus labios de fresa madura, el canal vasto de sus pechos, el susurro de su nombre en su oído...
Cuántas, cuántas noches en vela dormido abrazando la almohada, coleccionando ascensos, trabajos, hijos y arrugas...
Habíase comprometido con el silencio, su pecho se había clausura por falta de uso, y aquella musa intangible, aquella diablesa, no podía vulnerarlo...era preciso construir romance, un romance de hielo y humo, inventar su rostro en las letras, imaginar cada sentido...

Diez años, diez años de cartas en las que solo se llamaban cielo, en las que acuñaban apodos de la Ilíada, la Odisea, diez años de abstinencia del espíritu, diez años de apetitos saciados en portales oscuros, en licores...
Siempre, siempre esperándola y deseando que ella lo esperara.
Ambos tuvieron miedo, sí, aquella noche de verano.Él la desnudó muy despacio, quitándole el miedo y la ropa. Ella la regó con sus lágrimas, y limpió con sal sus tinieblas.Se adivinaron y pudieron recorrerse con calma,empapados en utopía, explorando cada uno de sus recovecos
y mofándose de aquellos ilusos que llamaban pasión a nada.
Ellos, ellos habían inventado un verbo más explícito que el amar,más sacrílego que el cariño.
Ellos habían derribado muros, destrozado cerrojos, burlado vigilancias.Ellos habían sido poema.

Esa noche se hicieron epopeya.Ella permaneció en la cama, lánguida, su fragancia desparramada por las sábanas.Fumándose el tiempo.Él se levanto muy despacio, sin hacer ruido, sin rozarla. Recogió sus alas, ciñó su nimbo y trató de colocarse la túnica.
Lo cómodo de los ángeles, se dijo, es que no llevan calzoncillos.
Ella, ardiente y hermosa, lúbrica, le había proporcionado
La miró con pena y deseo.No cabía duda de que se llevaría
El sol acariciaba suavemente los cristales preñados de los últimos reflejos
del día antes de hacer mutis por el foro dejando paso al umbral de la nostalgia
vertida en una madrugada mas de hastío y desconsuelo, generosa en añoranza y
desencanto.
Un hola
y un adiós homérico, porque las fantasías en ocasiones tienen su tiempo y
espacio propio, no siguen las leyes de Cronos...
Todo ese tiempo atesorando ansias, inventando los olores, el tacto,
anticipando la palabra exacta, y ahora...
Todo era humo.
Inspiró.
La calle parecía desierta, y su túnica arrastraba las hojas.
Como siempre, llevaba las alas plegadas a la espalda.
Como siempre, una petaca de anís metida en el calcetín izquierdo.
Caminó sin rumbo. Las hojas se arrugaban al paso de sus pies,
y cada una de ellas parecía llevar su huella, la de ella, la de sus dedos y su dermis.

A esas horas el parque estaba desierto, y él nunca llevaba navaja, lo más parecido a un arma era su cepillo de dientes.
Pero si era necesario, lo usaría.
Estaba dispuesto a todo para defender su patrimonio: un queso de Arzúa jugoso (su madre siempre le proveía de provisiones en sus viajes a la Tierra) y un llavero de Pokemon, recuerdo de su infancia...
Nadie podría quitarle esos tesoros.
Se volvió lentamente ordenando a su subconsciente estar preparado para cualquier situación en la que mínimamente pudiera sentirse en peligro, aunque la verdad es que no estaba preparado para lo que pudo adivinar más que ver a través de las sombras justo en el instante anterior a que su vieja amiga la Luna avergonzada hiciera mutis por el foro, ocultándose detrás de una espesa nube.
Miró nuevamente por
encima de su hombro, pero la visión no era ya la deseada, ahora todo era vacío y silencio, sus viejos compañeros de
intrigas. El imperio de las sombras, en donde antes dominaba la del deseo , el
verde aroma de los abetos, en lugar del
dulce sabor de los sentidos en sexo desbocado , la decepción ante el fracaso y
el hambre insatisfecha, esta vez no del
cuerpo amado que se apodera de
uno y sacia el desconsuelo, sino de alimento. Y de repente fue consciente de su
hambre mortal y de a pié, por lo que a bocados trozo a trozo, acabó dando
cuenta del recado de su madre.
Ella se recogió el
cabello, rojo como un manto de fuego. Enfrió su piel llameante con el rocío de
la mañana y se colocó los tirantes.
Nunca tenía frío.
Su naturaleza rapaz le impedía sentir la furia de los elementos, la inclemencia de la nostalgia.
Clamó el viento, y su risa tronó como una pléyade de alondras enfurecidas, desbocadas.
Se sentía resucitar.
Tantos años sin venir a la Tierra, tantos enterrando su anhelo en cartas amarillentas, en besos, en rizos y vocablos suaves...tantos años guardándose la esencia de su femineidad, su lucha,
tantos conteniéndose para ser la dama de cuento que él, él deseaba....

Agotador. No podía representar ese papel más tiempo.
Por eso le había citado en aquel hotel, prosaico y con la ducha rota, en aquella cama vetusta, para abrirle el alma a su paraíso.

Pero su ley era impía, y su instrumento era la carne. Para ella aquella noche fue épica.Llevaba muchos años esperando, esperándole, esperándose.
Estaba cansada de las polillas en el pecho, cansada de fabricar utopías. Quería sangre, saliva, semen y sentir los corazones unidos. El suyo se hallaba barnizado con esa especie de manto oxidado que subyace a las decepciones. Necesitaba sentirlo de nuevo.
Aqui os dejamos pues esta:
Despedida ................
Salió buscando el refugio gris de la calle vacía y extraña, con la avaricia
de un Yonki, atenazado por el síndrome de abstinencia de la soledad que
atenazaba su garganta ahogándolo, impidiéndole respirar, apretándose a su
alrededor como un puño de hierro .
Al empujar la puerta giratoria de cristal transparente, chocó con gente
desconocida que al contrario que él, entraban buscando con la mirada
disimuladamente los rincones más apartados del hall de aquel hotel, seguros de
conseguir el calor de un cuerpo amado, aguardando su llegada impacientes, al
contrario que él que se alejaba.
Los dominios de la noche se extendían antes sus ojos borrosos, empañados
por la tristeza, desdibujando la sensación de fracaso que le acompañaba desde
hacía unos minutos al despedirse de un sueño, con un beso glacial de los que
duelen en el alma y para siempre.
El sol acariciaba suavemente los cristales preñados de los últimos reflejos
del día antes de hacer mutis por el foro dejando paso al umbral de la nostalgia
vertida en una madrugada mas de hastío y desconsuelo, generosa en añoranza y
desencanto.
Ella le había regalado retazos del antes, aquel antes glorioso contruido de anhelos y letras grisáceas, aquel que se prometían en cada letra, en cada ausencia...
Tantos años, se dijo, tantas años escribiéndose cartas, imaginando su cuerpo cimbreante, sus labios de fresa madura, el canal vasto de sus pechos, el susurro de su nombre en su oído...
Cuántas, cuántas noches en vela dormido abrazando la almohada, coleccionando ascensos, trabajos, hijos y arrugas...
Habíase comprometido con el silencio, su pecho se había clausura por falta de uso, y aquella musa intangible, aquella diablesa, no podía vulnerarlo...era preciso construir romance, un romance de hielo y humo, inventar su rostro en las letras, imaginar cada sentido...
Diez años, diez años de cartas en las que solo se llamaban cielo, en las que acuñaban apodos de la Ilíada, la Odisea, diez años de abstinencia del espíritu, diez años de apetitos saciados en portales oscuros, en licores...
Siempre, siempre esperándola y deseando que ella lo esperara.
Ambos tuvieron miedo, sí, aquella noche de verano.Él la desnudó muy despacio, quitándole el miedo y la ropa. Ella la regó con sus lágrimas, y limpió con sal sus tinieblas.Se adivinaron y pudieron recorrerse con calma,empapados en utopía, explorando cada uno de sus recovecos
y mofándose de aquellos ilusos que llamaban pasión a nada.
Ellos, ellos habían inventado un verbo más explícito que el amar,más sacrílego que el cariño.
Ellos habían derribado muros, destrozado cerrojos, burlado vigilancias.Ellos habían sido poema.
Esa noche se hicieron epopeya.Ella permaneció en la cama, lánguida, su fragancia desparramada por las sábanas.Fumándose el tiempo.Él se levanto muy despacio, sin hacer ruido, sin rozarla. Recogió sus alas, ciñó su nimbo y trató de colocarse la túnica.
Lo cómodo de los ángeles, se dijo, es que no llevan calzoncillos.
Le había gustado probar ese mundo, esa cópula infernal de
sus
brazos, un néctar que jamás volvería a probar, so pena
de ser expulsado de la
región paraíso.
Ella, ardiente y hermosa, lúbrica, le había proporcionado
encuentra
en las calderas.
Él le había dado música, música de sus arpas, de
sus
hueso.Ambos se habían metido en otra piel,y en adelante
ambos mundos
tendrían la huella de otra esencia.
Él siguió su rumbo hacia arriba,a donde estaban
los nimbos
azules,allí donde era obligado llevar corbata y la libertad tenía
precio.
La miró con pena y deseo.No cabía duda de que se llevaría
alguna de sus marcas rojas, deliciosas, sabor a revolución y
a lucha,
impregnadas en cada uno de sus poros.
Algunos infiernos merecen el dolor, el placer,
la espera.
Algunos infiernos son más orgásmicos,
más puros,más auténticos que el más eterno de los cielos.
Se cruzó con un grupo de chicas aprendices de mujeres que reían al compas
de sus zapatos de tacones de aguja recién estrenados cogidas del brazo,
caminando despreocupadas, seguras y confiadas de tener todo el tiempo del mundo
a su alcance, tal vez enamoradas.
Se dio la vuelta para seguir su estampa y fotografiarlas con la mirada,
alejándose sobre el asfalto mojado, mientras en su interior se instalaba el
recuerdo amargo de la despedida definitiva de la que había sido durante toda su
vida su único y verdadero amor, y ahora que por fin la había tenido, ahora que
finalmente habían entrado uno en el otro y se habían amado como si fuera para
siempre, ahora que sus cuerpos desnudos habían dejado de ser desconocidos ,
ahora que por fin la había poseído y se había entregado, ahora era consciente,
que en aquel dormitorio extraño que no era el suyo, ni el que siempre había
imaginado que algún día serian uno solo, aquel cuarto triste, de aquel hotel de
paso que nunca olvidaría, por primera y última vez había hecho el amor con
ella, y nunca más se volvería a repetir.
Ella lo había dejado muy claro, aquel encuentro saciaba el deseo
insatisfecho de los dos durante años, desde que se conocieron con veinte años,
y todo por descubrir en un camino que iniciaron juntos para pronto separarse en
la distancia del tiempo y en alguna parte; pero sería un hola y un adiós.
Todo ese tiempo atesorando ansias, inventando los olores, el tacto,
anticipando la palabra exacta, y ahora...
Todo era humo.
Inspiró.
La calle parecía desierta, y su túnica arrastraba las hojas.
Como siempre, llevaba las alas plegadas a la espalda.
Como siempre, una petaca de anís metida en el calcetín izquierdo.
Caminó sin rumbo. Las hojas se arrugaban al paso de sus pies,
y cada una de ellas parecía llevar su huella, la de ella, la de sus dedos y su dermis.
Pamplinas,debía olvidarla.
Aquella quimera maldita, encerrada en un frasco
de oxitocina, no podía durar.Como todas las quimeras, era efímera, una especie
de oasis en el desierto, un espejismo al borde de su sed.
Agradeció el calor que empezaba a subirle por los huesos.
Se sentó en un banco de pino
y comenzó a sentir el aire algo más denso, más pesado.
A su espalda, escuchó una respiración, y todos los pelos de su cogote se erizaron....
Agradeció el calor que empezaba a subirle por los huesos.
Se sentó en un banco de pino
y comenzó a sentir el aire algo más denso, más pesado.
A su espalda, escuchó una respiración, y todos los pelos de su cogote se erizaron....
A esas horas el parque estaba desierto, y él nunca llevaba navaja, lo más parecido a un arma era su cepillo de dientes.
Pero si era necesario, lo usaría.
Estaba dispuesto a todo para defender su patrimonio: un queso de Arzúa jugoso (su madre siempre le proveía de provisiones en sus viajes a la Tierra) y un llavero de Pokemon, recuerdo de su infancia...
Nadie podría quitarle esos tesoros.
Se volvió lentamente ordenando a su subconsciente estar preparado para cualquier situación en la que mínimamente pudiera sentirse en peligro, aunque la verdad es que no estaba preparado para lo que pudo adivinar más que ver a través de las sombras justo en el instante anterior a que su vieja amiga la Luna avergonzada hiciera mutis por el foro, ocultándose detrás de una espesa nube.
Siempre he
sospechado que la realidad por absurda que pueda resultar es capaz de superar
siempre a la ficción. Una vez mas volvía a comprobar que efectivamente sus
reflexiones eran ciertas porque allí mismo delante de él se volvía a repetir la
escena de amor que unos instantes antes, en la fría y desconocida habitación de
aquel insípido hotel, había representado
con ella, el amor de su vida.
Volvía a sentir sus
jadeos antes del orgasmo, la veía a través de una bruma de niebla, casi podía
tocarla de nuevo, sentir el sabor salado de sus pechos , hundirse en la herida
del pecado, perderse en el interior de su boca, mientras una brisa suave envolvía todo su cuerpo transportándolo de la
nada ausente a los sueños insatisfechos, para regresar nuevamente de este
extraño viaje de ida y vuelta, a aquel banco
duro y húmedo como su propio presente, en donde un queso fresco de Arzua, y un pequeño y destartalado
llavero infantil con la imagen de Palemón, lo habían arrastrado del presente
desconsuelo hasta la nostalgia de la
nada.
No supo porque, pero en aquel preciso instante, las manos en los bolsillos,
el sombrero de fieltro ladeado, un cigarrillo en sus labios humeante, el cuello
de la gabardina protegiéndole del frió, allí en medio de aquella calle levantó
sus ojos hacia el cielo y lloró amargamente con desconsuelo, como un niño; por
la vida perdida, por el tiempo pasado, por el presente oscuro, pero sobre todo
por el futuro solitario que le esperaba a traición a la vuelta de la esquina.
Lo último que recuerdo de él es la imagen de su sombra reflejada contra los
adoquines mojados y el brillo metálico de aquel llavero infantil sobre el
asfalto.
Nunca tenía frío.
Su naturaleza rapaz le impedía sentir la furia de los elementos, la inclemencia de la nostalgia.
Clamó el viento, y su risa tronó como una pléyade de alondras enfurecidas, desbocadas.
Se sentía resucitar.
Tantos años sin venir a la Tierra, tantos enterrando su anhelo en cartas amarillentas, en besos, en rizos y vocablos suaves...tantos años guardándose la esencia de su femineidad, su lucha,
tantos conteniéndose para ser la dama de cuento que él, él deseaba....
Agotador. No podía representar ese papel más tiempo.
Por eso le había citado en aquel hotel, prosaico y con la ducha rota, en aquella cama vetusta, para abrirle el alma a su paraíso.
Al fin habían podido
inventarse con el descarado impulso de la piel,al fin sus certezas se habían fundido en una cópula anti higiénica, carnal, con
todos esos fluidos vivos.
¿Por qué el sueño habría de ser más divino?
Su tesoro estaba hecho de realidades.
Ella había amado cada una de sus arrugas y lunares, cada uno de sus temores, habíale mordido los miedos y complacido cada una de las posturas sacrílegas que se atrevió a pedirle...lo había atado, lo había cabalgado, habían bebido su mutuo sudor.
Ella llevaba años sin llorar, y aquella noche sus lágrimas fluyeron blancas, como aquella esencia sagrada que estalló al fondo de su boca. Para ella, aquella noche fue poema y aquel encuentro, el culmen.
Entendía que el romanticismo más clásico prefiriera las cartas, los recuerdos, la melancolía del latido, la intangibilidad del beso.
¿Por qué el sueño habría de ser más divino?
Su tesoro estaba hecho de realidades.
Ella había amado cada una de sus arrugas y lunares, cada uno de sus temores, habíale mordido los miedos y complacido cada una de las posturas sacrílegas que se atrevió a pedirle...lo había atado, lo había cabalgado, habían bebido su mutuo sudor.
Ella llevaba años sin llorar, y aquella noche sus lágrimas fluyeron blancas, como aquella esencia sagrada que estalló al fondo de su boca. Para ella, aquella noche fue poema y aquel encuentro, el culmen.
Entendía que el romanticismo más clásico prefiriera las cartas, los recuerdos, la melancolía del latido, la intangibilidad del beso.
Pero su ley era impía, y su instrumento era la carne. Para ella aquella noche fue épica.Llevaba muchos años esperando, esperándole, esperándose.
Estaba cansada de las polillas en el pecho, cansada de fabricar utopías. Quería sangre, saliva, semen y sentir los corazones unidos. El suyo se hallaba barnizado con esa especie de manto oxidado que subyace a las decepciones. Necesitaba sentirlo de nuevo.
Se llevó la mano al pecho.Introdujo los dedos penetrando, desgarrando la carne, las costillas.Allí, allí mismo lo tenía. No había lugar a confusión.Se trataba de un pálpito. Un pálpito salvaje, puro, que llevaba sonido a gloria.Un pálpito que él le había donado,porque el amor no tiene expectativas, y la pasión es un regalo
compartido, en el que nadie se ata o pertenece.
Se sentía viva ahora.Probablemente, el pecho de él vibraba en idéntica sintonía. Ambos se habían donado vida.Para cada uno el recuerdo fue distinto.Él lloraba su pérdida.Ella, su ganancia.Cada corazón calibra los beneficios a su dulce y roja manera.
compartido, en el que nadie se ata o pertenece.
Se sentía viva ahora.Probablemente, el pecho de él vibraba en idéntica sintonía. Ambos se habían donado vida.Para cada uno el recuerdo fue distinto.Él lloraba su pérdida.Ella, su ganancia.Cada corazón calibra los beneficios a su dulce y roja manera.
Marisa Lozano Fuego. Angel
Utrera......14/11/2016.- DESPEDIDA......
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