AGRA DE LOS EMPERADORES. (INDIA 3ª PARTE)
Visitar Agra, es reafirmarse en el convencimiento de que la justicia social
es una quimera, un cuento chino, una batalla perdida de ilusos y soñadores que
en los albores del siglo XVIII, lucharon y dieron su vida en ocasiones, por un
mundo mejor, más justo y solidario, en donde los "Parias de la
tierra", tuvieron tal vez una oportunidad y un futuro.
Fueron tiempos de revolución industrial, en los que la mano de obra era
abundante, y el hombre no valía nada, incluso menos que las bestias, y en los
que las clases sociales se dividían en ricos y pobres, dueños y señores de
haciendas y esclavos analfabetos, amos y siervos.
En aquellos tiempos y casi dos siglos ya antes, en la India profunda, se
levantaban fastuosas fortalezas en piedra roja, y tributos al amor en mármol
como; El Fuerte Agra, y el Taj Mahal, mientras la vida se les escapaba entre
las manos vacías, como el agua putrefacta de los charcos que solo deja llagas
purulentas, y cuerpos lacerados atrapados en la lacra ruin de las pestes y los
lazaretos de los contaminados, los intocables, los impuros, los leprosos .
En Agra descubrimos y admiramos ambas construcciones fabulosas que constituyen
una exuberante e impúdica manifestación de poder y vanidad, de extintos
emperadores, considerados Dioses en la tierra, de aquella generación de Mogoles,
reencarnaciones divina, como divina debió ser su vida, en medio del lujo, el
placer, y el poder sobre cuerpos y almas de sus servidores y súbditos, que ante
su majestuoso paso a lomos de elefante que pisaban sobre lujosas alfombras ,
arrojaban desde los muros defensivos de palacio, pétalos de flores y perfumes,
acompañados por el sonido de trompetas, tambores y laudes, los vítores y aclamaciones de sus
siervos y sus cánticos .
Lujo y placer en el que los harenes, en ocasiones compuestos por más de
doscientas mujeres, esclavas sexuales que se mataban entre ella por alcanzar el
rango de favorita, y disfrutar del honor de pasar la noche con el Maharajá,
ocupaba todo un ala del recinto, celosamente guardado por amas, eunucos y
feroces guardianes del cuerpo de la guardia personal del emperador,
cuidadosamente escogidos y entrenados. Por cierto que algunas, las que creaban más
problemas a aquellos reyes absolutistas, podían acabar en el harén personal de
alguno de sus más leales servidores y amigos, como un regalo personal, tal era
el control y el poder de aquellos emperadores.
Y todo ello, ante la atenta miserable mirada del pueblo, y sus intocables,
los más olvidados, los más miserables, los mas desarrapados y pobres entre los
pobres, ni siquiera dignos de ser tocados por otros como ellos pero situados en
un peldaño más elevado de la escalera de pobreza, miseria y muerte que compartían.
El Taj Mahal es una belleza viva, y en su contemplación del mármol blanco,
las cúpulas sobre cuya base reposan las tumbas del emperador y su esposa, y las
torres conforme pasa el día y el sol besa con sus rayos la piedra, esta va
cambiando de color desde el blanco intimo y sagrado, al rosa pálido, desde los
sueños suaves del alma al despertarte, hasta el frio esplendor oscuro de las
noches invernales cuando su cúpula parece que flota en el firmamento cuajado de
puntos de luz brillantes, estrellas temerosas del influjo del Taj Mahal, sobre
la luna tímida que no sabe si volverse llena, avergonzada ante tanta belleza
inigualable.
Según cuenta la leyenda fue el Maraha Akbar quien a su regreso victorioso
de la guerra contra su enemigo Gujarat, se detuvo en la ciudad de Sikri para
rezar en gratitud al santo Sufi por su triunfo, y pedirle un hijo, ya que hasta
el momento sus esposas no le habían podido dar el ansiado heredero. Conmovido
el santo sacrificó a su propio hijo de tan solo seis meses de edad, y llamado
Dale Miyan, y el esíiritu de este dió vida al vientre de su esposa la
emperatriz Jodha Bai, que quedò en cinta del que sería el heredero del imperio
años mas tarde, al igual de otras dos mas de sus concubinas y esposas, no favoritas.
Sea verdad, o entre dentro del campo de las leyendas y cuentos, la ciudad
abandonada, desde luego llama nuestra atención por su solemnidad, sus
edificaciones majestuosas y un perfecto urbanismo con calles, jardines y
estanques que hacen la visita una delicia para los sentidos del curioso e
impertinente viajero, que se deja poseer del espíritu de esta India
sobrenatural de dioses, reencarnaciones, santos y santones, mitología, historia
y Dioses emperadores.
Entre tanto en Agra se conjuga el verbo vivir a duras penas, el eterno
sueño del amor de un Maharajá convertido en una de las siete maravillas del mundo,
el arrullo de las piedras y el recuerdo de las voces tras los muros de la
ciudad abandonada, y las sombras transformadas en alabastro y mármol blanco del
fuerte Rojo, como autentica
manifestación de la vanidad de los hombres dioses, levantada a la memoria
y loa de los humanos, en tanto los intocables, se funden y desaparecen bajo el
polvo del olvido, la ignorancia y la miseria, absorbidas por la vorágine cruel
del día a día, del sálvese el que pueda, de la tradición las creencias, los
mitos y sus religiones, del miedo a la no vida eterna, y la reencarnación en la
nada absoluto de los pobres, rematadamente pobres, que ni siquiera albergan la
esperanza de una vida mejor en su nueva vida de reencarnados.
Quién sabe, si todo debe ser así, si es así por el bien de todos, o si
simplemente pensamos que nada debe cambiar para que todo cambie. Quien sabe
que.
Angel Utrera.
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