JAIPUR EN CUERPO Y ALMA . (INDIA 2ª PARTE).
Descubro Jaipur y su caótica pobreza, sinfónica harmonía del desconcierto y
la sorpresa, en la que las imágenes se superponen como en una de esas viejas películas
en blanco y negro de nuestras infancias, en las que con los ojos abiertos de
par en par permanecíamos atónicos, hundidos en una vieja butaca de patio o
platea, "gallinero" ,de la que se escapaba por los bordes claveteados
de chinchetas la viruta y los muelles.
Sorpresa y nuevos sueños de aquellos
nosotros niños, aprendices de hombres,
insaciables y ávidos de todo lo nuevo que devorábamos en sesión continua de dos
películas por siete pesetas, horas y horas de fantasía e imaginación a
raudales, esa que nos vendían estos mercachifles de la mayor fábrica de sueños
que nunca haya podido crear el hombre; el cine.
¿Acumular cosas materiales, trastos, cachivaches inútiles una tras otra, a
ver quien es mas poderoso en su miseria?, solo lo mas necesario, lo
imprescindible y util, lo demás; para que te dirían ellos, si se anda mas
ligero sin cargar nada, y además ¿Donde guardarlos ni no tenemos casas, ni
armarios, ni puertas, y nuestro hogar es la calle?.
La india es así, todo cuesta lo que uno es capaz de dar, ni una Rupia más ni una Rupia menos, y lo sabes
de sobra porque los guías te lo han estado repitiendo desde que llegaste, pero
ahora lo sabes porque lo sufres en propia carne, y vive Dios, que en ocasiones
resulta mas que insoportable, a pesar de que no quieres de ninguna de las
maneras despreciarlos, ofenderlos, o insultarlos, porque comprendes que es la
necesidad y el hambre lo que los mueve.
Curioso comprobar que algunos de esos mismos niños de la calle, que tienen
que jugar a la fuerza a ser adultos para sobrevivir, y no saben de colegios, ni
de maestros, de uniformes ni de libros, hablan Castellano, que han aprendido a
la fuerza de escuchar y regatear en los autobuses de turistas Españoles.
Hombre claro ¡ De donde si no? Le digo cargado de mi razón, con la lógica
de los occidentales, que nos creemos el ombligo del mundo y que lo sabemos
todo.
-Puedes ser de Argentina, o Venezuela o Méjico, me dice todo serio,
agitando el manojo de collares delante de mis ojos, empujando, para que no le
quiten el sitio conseguido, a dos o tres que como el intentan acaparar el
premio de mi atención, y de paso colocarme su mercancía, mientras sus grandes
ojos negros brillan y se clavan en los míos de sorpresa.
Y francamente que quedas estupefacto, porque parece increíble pero tus ojos no te engañan, y lo has oído perfectamente, así que como puedes intentas salir airoso de entre el maremágnum de cuerpos y almas, de piernas y brazos que se alzan ante ti por todas partes, y le coges rechazando el resto, su puñado de collares de a cien Rupias, porque francamente se las ha ganado, ha vencido en el combate cuerpo a cuerpo con tu capacidad de asombro y admiración.
Pero; ¿cómo es posible meter diez mujeres con sus saris de colores, y sus
velos en la caja de un camión, más bien moto carro, mas chapa y lata que
hierro, más oxido y pasado que vehículo en movimiento que circula por una
autopista de peaje, de noche y sin luces. Pues lo hacen, y tan felices. Ahora
recuerdas que lo vimos anoche mientras llegábamos de regreso de Agra.
Pues eso, y que tu capacidad de asimilar asombro no tiene limite mientras cuentas
las cabezas y sus cuerpos, que van cuatro en un moto, y ahora tres, y por fin
llegas a contar hasta cinco, toda la familia de viaje y ella sentada por
supuesto, a la mujeriega, las piernas hacia un lado, y bien cerradas bajo su
sari, y al ver que le enfocas con la cámara para tomar una foto saca la mejor
de sus sonrisas, y uno de los niños, seguramente son sus hijos, piensas con
lógica, te saluda con la mano, mientras meteórica la moto, va sorteando el
infinito desorden ordenado en este caos, el amasijo infranqueable del trafico.
Aquí pasa el que primero mete el morro, y no vale de nada ni semáforos, ni
pasos de cebra, ni siquiera guardias urbanos, que algunos hay, pero a su bola,
y no me extraña, porque aquello se dirige solo, y no hay humano capaz de
meterle mano y poner orden en semejante marabunta de cacharos y locos al
volante de lo que sea; bicicletas, carros, motos, coches, camionetas, tuc-tuc,
rishaws, y peatones que se la juegan en cada intento de cruzar una calle.
Curiosidades, gentes extrañas, gente en cuclillas, gente comiendo, gente
rezando, gente aliviándose en cualquier parte, contra una pared, un árbol, da
lo mismo, el pudor la vergüenza son valores que resultan aquí muy caros, y no
está el horno para bollos, ni la hucha para derroches.
Hombres con turbantes, hombres
sentados con las piernas cruzadas, enhebrando flores para hacer collares de
hermosos y vistosos colores, que llevar al templo y en ofrenda dejar a los
dioses, en medio de montañas de papeles y basura y mas basura, que digo Yo que
porque no contratarán y pondrán en funcionamiento un servicio de limpieza como
Dios manda, que además con la mano de obra barata que tienen no les saldría
nada caro. Pero no colega, vuelves a razonar con la lógica de occidente y esto
es la India, nada que ver, cualquier parecido con la realidad es pura
coincidencia.
Hombres ociosos jugando a las cartas, en el suelo, y nadie habla, todos miran a los jugadores y sus jugadas, y te llaman para que les saques una foto, y sonrien y siguen jugando como si nada, ellos a lo suyo y tu pasas y sigues caminando.
Y de repente descubres un tipo sentado en un sillón de enea y sobre una
tarima con turbante blanco y una especie de tetera, y la gente se acerca junta
las manos, y él les vierte algo que parece agua, posiblemente agua de rosas, o
aromática, con la que se lavan la cara y las manos, a cambio de unas monedas.
Y sigue el ruido, el barullo, el tumulto de hombres y bestias libremente
entremezcladas, y sin que nadie se meta con nadie. Pequeños puestos de revistas
y libros, tienditas, por llamarlas de algún modo, de ropas, de telas, de
especies, de chanclas y zapatos, de mantas y edredones, y una farmacia, o algo
que se le parece, con una cruz roja pintada bajo el mostrador, y vendedores, y más
vendedores que te llaman, que te ofrecen sus mercancías, que pelean
amistosamente con los vendedores ambulantes de baratijas, este que trae
timbales, o son tambores, o quizás bongoes mientras te escabulles, literalmente
te zafas y les haces un regate metiéndote en una tienda de sedas multicolores,
y pañoletas.
Y a todo esto son casi las cinco de
la tarde, y se te ha olvidado hasta comer, porque ni tiempo ha quedado para
ello, solo andar, recorrer bazares, callejear, bucear y sumergirte en este extraño
mundo, tan apasionante como nuevo, como extenuante, que entra dentro de ti como
si fuera un bebedizo mágico, un bálsamo de fierabrás de las novelas de caballería
y caballeros andantes, pero nada más lejos de la realidad, porque esto es la
India en estado puro, sus gentes, sus calles, su vida tan maravillosa como
inquietante.
Jaipur en cuerpo y alma, nada menos.
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