En la historia y cultura Egipcia
es indudable el peso especifico fundamental que ejerció sobre sus creencias el
culto a la muerte, la cultura del más allá, entendiéndose la vida como un mero
viaje, un paréntesis, un tránsito breve hacia la otra ,que sería la verdadera y
autentica, tras la muerte, de ahí que desarrollaran técnicas de momificación y
embalsamar el cadáver de los fallecidos, hasta casi la perfección, incluso con
el empleo y uso de líquidos y conservantes hasta hoy en día desconocidos para
nuestra moderna y avanzada medicina .
Este culto y respeto, este
convivir con naturalidad y sin miedo con la muerte, lo han llevado hasta
extremos inauditos para el Occidental, dándose el hecho asombroso de que en la
actualidad en el Cairo, alrededor de un millón de personas viven en un
cementerio, utilizando los antiguos mausoleos, las tumbas y salas de culto como
viviendas con total naturalidad porque tal y como admiten abiertamente; Los
muertos no molesta, ni son peligrosos, los vivos sí.
En esta ciudad de laberintos y
calles estrechas, de polvo y tierra no pagan alquiler, ni agua, ni electricidad
y se encuentran en el corazón de la ciudad vieja de el Cairo, por lo que
resulta todo un privilegio poder vivir allí. Es por esto por lo que hace unos
años la inmensa mayoría de los residentes de esta ciudad de los muertos rehusó
la oferta de traslado formulada por el Gobierno Egipcio, negándose a abandonar
sus casas-tumbas, que no catacumbas ya que se elevan sobre la tierra seca y polvorienta
de esta sucia y ocre ciudad .
Aquí, se juega al escondite entre
las tumbas, se fuman una pipa de agua, en estos extraños "nerguilles" sentados en el suelo
con las espaldas apoyadas contra las paredes de cualquier mausoleo, o se duerme
sobre los huesos de los muertos, cuyos enterramientos permanecen bajo sus pies,
por supuesto los hombres a un lado y las mujeres a otro.
Acaso la muerte no es algo
natural?. Y si las circunstancias sociales y económicas te obligan a vivir
entre panteones y mausoleos no lo harías con total confianza?.
Evidentemente para esta gente la
respuesta es muy diferente a la que nosotros occidentales daríamos, porque
nosotros lamentamos la muerte, nos da miedo, y procuramos esconderla y
ocultarla hablando con ambigüedad de ellas, entre duelos y quebrantos, en tanto
que `para el pueblo Egipcio, es algo natural con lo que conviven día a día,
algo a lo que miran de frente y forma parte de su ser, su cultura, su tradición
y su modo de vida, por tanto no resulta tan sorprendente ver que este inmenso
barrio conocido como la Ciudad de los muertos, en el corazón de el Cairo pueda
albergar miles de viviendas de vivos y tumbas de muertos y miles de niños que
te miran con los ojos abiertos de par en par y la sonrisa blanca pintada en sus
bocas .

Las paredes y muros de esta
ciudad en el corazón mismo de el Cairo, alberga sin pudor ni reparo una serie
de enterramientos o cementerios musulmanes, tan inmenso como `para que la misma
muerte se extravié entre los vericuetos y callejones por los que discurre la
vida de sus habitantes casi sin darse cuenta.
La entrada es absolutamente libre
y si no sientes el mas mínimo pudor, temor o miedo de entremezclarte con los
vivos y sus muertos, hasta resulta aconsejable y sumamente interesante darte un
inquietante paseo por entre sus muros.
Hay que tener en cuenta que en la tradición
musulmana es normal que cuando alguien moría
se le daba sepultura bajo tierra en amplias estancias, o panteones, en los que
los deudos, familiares del fallecido, seguían durante cuarenta días y cuarenta
noches de duelo, conviviendo con el muerto.
Las estancias son frías, pequeñas
con altos techos que se abren sobre patios enormes por donde se extienden las
tumbas bajo el polvo de la tierra, enormes palmeras, y todo tipo de plantas,
muchas de ellas sin agua, se valen de pozos y en ocasiones el suministro eléctrico
es un enganche del alumbrado público, aunque también te encuentras en el sumun
de la contradicción, con antenas parabólicas y televisiones en color, colocadas
sobre las escaleras de acceso a la vivienda, en el patio mismo, para que todo
el que quiera la disfrute.



Poco a poco con el paso del
tiempo, esta necrópolis, olvidada de las autoridades,-ojos que no ven corazón
que no siente, dice el refran, sin
alcantarilla, ni red de saneamiento, ni recogida de basuras, se ha ido
convirtiendo en una ciudad fantasma de vivos que cuidan y conviven con los
muertos, en ocasiones ni siquiera familiares o conocidos, hasta el punto de
construirse alguna que otra mezquita y pequeñas escuelas para los niños que
ajenos a todo juegan y aprenden entre arena y cenizas que la muerte es tan
natural como la vida.
Angel Utrera
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