miércoles, 8 de mayo de 2019

LA CIUDAD DE LOS MUERTOS .(IV ENTREGA RELATOS DESDE EL TERCER MUNDO).



En la historia y cultura Egipcia es indudable el peso especifico fundamental que ejerció sobre sus creencias el culto a la muerte, la cultura del más allá, entendiéndose la vida como un mero viaje, un paréntesis, un tránsito breve hacia la otra ,que sería la verdadera y autentica, tras la muerte, de ahí que desarrollaran técnicas de momificación y embalsamar el cadáver de los fallecidos, hasta casi la perfección, incluso con el empleo y uso de líquidos y conservantes hasta hoy en día desconocidos para nuestra moderna  y avanzada medicina .

Este culto y respeto, este convivir con naturalidad y sin miedo con la muerte, lo han llevado hasta extremos inauditos para el Occidental, dándose el hecho asombroso de que en la actualidad en el Cairo, alrededor de un millón de personas viven en un cementerio, utilizando los antiguos mausoleos, las tumbas y salas de culto como viviendas con total naturalidad porque tal y como admiten abiertamente; Los muertos no molesta, ni son peligrosos, los vivos sí.

En esta ciudad de laberintos y calles estrechas, de polvo y tierra no pagan alquiler, ni agua, ni electricidad y se encuentran en el corazón de la ciudad vieja de el Cairo, por lo que resulta todo un privilegio poder vivir allí. Es por esto por lo que hace unos años la inmensa mayoría de los residentes de esta ciudad de los muertos rehusó la oferta de traslado formulada por el Gobierno Egipcio, negándose a abandonar sus casas-tumbas, que no catacumbas ya que se elevan sobre la tierra seca y polvorienta de esta sucia y ocre ciudad .

Aquí, se juega al escondite entre las tumbas, se fuman una pipa de agua, en estos extraños "nerguilles" sentados en el suelo con las espaldas apoyadas contra las paredes de cualquier mausoleo, o se duerme sobre los huesos de los muertos, cuyos enterramientos permanecen bajo sus pies, por supuesto los hombres a un lado y las mujeres a otro.

Acaso la muerte no es algo natural?. Y si las circunstancias sociales y económicas te obligan a vivir entre panteones y mausoleos no lo harías con total confianza?.






Evidentemente para esta gente la respuesta es muy diferente a la que nosotros occidentales daríamos, porque nosotros lamentamos la muerte, nos da miedo, y procuramos esconderla y ocultarla hablando con ambigüedad de ellas, entre duelos y quebrantos, en tanto que `para el pueblo Egipcio, es algo natural con lo que conviven día a día, algo a lo que miran de frente y forma parte de su ser, su cultura, su tradición y su modo de vida, por tanto no resulta tan sorprendente ver que este inmenso barrio conocido como la Ciudad de los muertos, en el corazón de el Cairo pueda albergar miles de viviendas de vivos y tumbas de muertos y miles de niños que te miran con los ojos abiertos de par en par y la sonrisa blanca pintada en sus bocas . 

Las paredes y muros de esta ciudad en el corazón mismo de el Cairo, alberga sin pudor ni reparo una serie de enterramientos o cementerios musulmanes, tan inmenso como `para que la misma muerte se extravié entre los vericuetos y callejones por los que discurre la vida de sus habitantes casi sin darse cuenta.
La entrada es absolutamente libre y si no sientes el mas mínimo pudor, temor o miedo de entremezclarte con los vivos y sus muertos, hasta resulta aconsejable y sumamente interesante darte un inquietante paseo por entre sus muros.



 Hay que tener en cuenta que en la tradición musulmana  es normal que cuando alguien moría se le daba sepultura bajo tierra en amplias estancias, o panteones, en los que los deudos, familiares del fallecido, seguían durante cuarenta días y cuarenta noches de duelo, conviviendo con el muerto.





Las estancias son frías, pequeñas con altos techos que se abren sobre patios enormes por donde se extienden las tumbas bajo el polvo de la tierra, enormes palmeras, y todo tipo de plantas, muchas de ellas sin agua, se valen de pozos y en ocasiones el suministro eléctrico es un enganche del alumbrado público, aunque también te encuentras en el sumun de la contradicción, con antenas parabólicas y televisiones en color, colocadas sobre las escaleras de acceso a la vivienda, en el patio mismo, para que todo el que quiera la disfrute. 





Poco a poco con el paso del tiempo, esta necrópolis, olvidada de las autoridades,-ojos que no ven corazón que no siente, dice el refran,  sin alcantarilla, ni red de saneamiento, ni recogida de basuras, se ha ido convirtiendo en una ciudad fantasma de vivos que cuidan y conviven con los muertos, en ocasiones ni siquiera familiares o conocidos, hasta el punto de construirse alguna que otra mezquita y pequeñas escuelas para los niños que ajenos a todo juegan y aprenden entre arena y cenizas que la muerte es tan natural como la vida.
Angel Utrera

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