CORDOBA.-
Mi querida Córdoba, tan olvidada, tan entrañable tan señora...
Al Andalus, Sefarad, donde confluyen y
conviven en armonía las tres culturas sin duda mas importantes de la historia
de la humanidad; La Hebrea, la Arabe y el Cristianismo, alcanza su apogeo y
máximo esplendor en Cordoba.
Cordoba de patios floridos, de fuentes claras, de naranjos y rejas de
hierro forjado, de calles empedradas y misteriosos laberintos por los que
perderse para encontrarse.
Cordoba de judería, de palacios y tápias blanqueadas
donde trepa el ibiscus buscando la claridad del cielo y el fresco de la mañana.
Cordoba de fuentes y canales de Gualquivir divino de oro y plata, según lo
mires en las tardes de calor tórrido, o en las noches de guitarra.
Ciudad de ciudades, de puentes mozárabes, de barro y arcilla preñada de
sudor y trabajo entre animales de tiro y carga, donde se afanan campesinos y
artesanos, aprendices y maestros, sabios y doctores .
Cordoba la que generosamente nos regala aromas y colores y nos da la
bienvenida al viajero que aquí encuentra asilo, sosiego y posada a sus pies
resecos y doloridos del polvo de la sierra y sus encinares.
Cordoba nos enseña el pensamiento del filosofo, la ciencia del cirujano,
los remedios del herborista y boticario sacamuelas y un poco médico de cuerpos
y espíritus, y las coplas de cantaores y gitanos de voz ronca, guitarra joven y
palmas por soleares.
El misterio de sus sinagonas nos ampara, la lujuria de sus mezquitas invita
a nuestras oraciones mientras admiramos el misterio de los arcos, la
policromía de las piedras, sus miles de columnas imposibles, el patio de los
naranjos y sus fuentes de arabescos y artesonados de vida y muerte.
En Cordoba la tierra se transforma
por ensalmo del barro cocido, en
torre de vigía y alminarete desde donde el Almuhedin invita a la oración, en
cúpula dorada de sinagoga y o pináculo de muros de castillos y palacios
donde guarecerse de los enemigos o de las miradas impertinentes.
Cordoba es música, es verso, es copla, es palabra desmedida y generosa, es
lujo y es miseria, pero sobre todo es vanidad,
porque Cordoba se sabe bella, y es hermosa, y en su seguridad se vuelve
oscura, opaca y presuntuosa, aveces rodeada de sombras y misterios, de velos
transparentes de seda y fuego.
Sus enemigos prenden su luz, para apagarla, maniatar la magia de sus
misteriosos ojos negros, para encadenar la libertad de sus gentes, su alegría
desbordada, su cuerpo insinuante.
Pero Cordoba es libre y resulta imposible encarcelar el latido de su
corazòn que atrae, atrapa y enamora al visitante, que poco a poco va
descubriendo sus callejuelas torcidas, la luz de sus balcones, el blanco de sus
casas, la armonía de las flores, los jazmines, los geranios, las puertas de
madera y hierro forjado en su misma historia, desde la que nos invoca y atrae
el Dios de todas las cosas; el Cristo de los Faroles.
Cordoba, soledad callada que llora por su esplendor pasado, por lo que fue
y atesora bajo el polvo de sus calles, cuando era el faro que iluminaba la
cultura y el saber del mundo, doncella, cautiva, infiel, cristiana y mora.
Cordoba de califas, cordoba de mujeres, cordoba de guerreros, cordoba
Judia, cordoba en el corazón de Al Andalus que ahora confundida llora.
Mi Cordoba tan olvidada como querida, tan lejana como próxima, mi niñez entre sus calles para siempre, callejones y patios preñados de aroma y mis recuerdos que como una sombra perdida llora cuando regreso.
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